El sistema de «clonación» de Dios

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Cualquiera que haya servido en el ejército conoce el propósito del entrenamiento básico. El objetivo es tomar a un grupo de personas de distintos orígenes y moldearlas para que formen una unidad que funcione como un todo. Al final de este entrenamiento básico, marchan al unísono, realizan las tareas asignadas de la misma manera y se apoyan mutuamente. Las personalidades no se borran, sino que se reorientan hacia el objetivo común del equipo.

No es una analogía exacta de cómo funciona la iglesia, pero puede darte una idea. La función principal de la iglesia es hacer discípulos que, a través del Espíritu Santo, reflejen la vida y la mente de Cristo. Esto ocurre cuando «vivimos… de toda palabra que sale de la boca de Dios».

C. S. Lewis, un escritor cristiano del siglo XX, lo expresó así en su libro Mere Christianity: «La Iglesia no existe para otra cosa que para atraer a los hombres hacia Cristo, para convertirlos en pequeños Cristos. Si no están haciendo eso, todas las catedrales, el clero, las misiones, los sermones, incluso la propia Biblia, son simplemente una pérdida de tiempo. Dios se hizo hombre sin otro propósito».

Por eso la iglesia se reúne semanalmente para el culto. Por eso se supone que la comunión cristiana debe ser diferente de la que se encuentra en el bar de la esquina. Por eso la iglesia ofrece sacramentos como el bautismo y el lavatorio de pies. Y por eso la iglesia pone énfasis en instruir a los creyentes en lo que dice la Biblia.

Hay innumerables clubes sociales en el mundo en los que la gente puede escapar de las cargas de la vida cotidiana, centrados en los deportes, las aficiones u otras actividades. Pero la iglesia no se fundó para ser un club social. Es el hospital de Dios para sanar almas heridas y su academia para formar santos que edifiquen el mundo.

Aplícalo:

Siempre que asistas a un servicio de adoración —o a una reunión del comité o de la junta de la iglesia— ¡recuerda edificar a los demás y compartir con ellos las buenas nuevas!

Profundiza:

Hebreos 10:25; 1 Juan 1:3, 6, 7; Mateo 28:20