El huracán Ian arrasa Florida: ¿Dónde estaba Dios?

El huracán Ian arrasa Florida: ¿Dónde estaba Dios?

Florida es conocida como el «Estado del Sol» por una buena razón. En invierno suele hacer sol y calor, sobre todo en sus costas, mientras que millones de ciudadanos del norte se pasan el día quitando nieve y resbalándose en el hielo. Es fácil envidiar la vida en el Estado del Sol.

Pero no la semana pasada.

El huracán Ian, tras azotar el oeste de Cuba y ascender por el Golfo de México, ha devastado partes del suroeste y el centro de Florida. Ian, una de las tormentas más poderosas jamás registradas en Estados Unidos, de categoría 4, generó vientos de hasta 250 km/h. La tormenta barrió la península, llegó al Atlántico y luego azotó Carolina del Sur, donde también se produjeron vientos peligrosos e inundaciones.


Destrucción y muerte

Las inundaciones destruyeron vastas zonas del estado, dejando, en un momento dado, a dos millones y medio de personas sin electricidad. En algunos lugares, los cortes de suministro podrían prolongarse durante semanas. Varios hospitales se quedaron sin agua y miles de personas quedaron atrapadas en sus hogares, a la espera de ser rescatadas. La calzada que conecta la isla de Sanibel con el continente se derrumbó durante la tormenta, dejando a sus residentes aislados.

Entre los medios de comunicación tradicionales y las redes sociales, el mundo ha sido testigo de la devastación masiva, con imágenes de barcos y aviones privados volcados y de coches sumergidos en el agua. La gente observaba, en tiempo real, calles que parecían ríos caudalosos y barrios que parecían lagos, de los que solo sobresalían los tejados de las casas.

También vimos explosiones e incendios provocados por cables eléctricos caídos. Durante el fin de semana, vídeos y fotos mostraban a personas en sus hogares y negocios comenzando el largo proceso de limpiar los escombros y reconstruir sus vidas. Los daños ascenderán a decenas de miles de millones de dólares, pero el impacto psicológico ni siquiera se puede empezar a cuantificar. A algunos lugares les llevará años recuperarse.

¿Y las muertes? A fecha de este lunes, incluyendo cuatro en las Carolinas, habían ascendido a 90.


El mal natural

Por devastador que fuera el huracán Ian, no es el primer ejemplo, ni será el último, de los estragos que la naturaleza puede causar. Las catastróficas inundaciones en Pakistán causaron recientemente 1.500 muertos y dejaron a decenas de miles de personas sin hogar. Y no hay que olvidar el terremoto y el tsunami de 2011 que causaron 29.000 muertos en Japón, ni los seis millones de muertes estimadas en todo el mundo atribuidas a la COVID. Podemos remontarnos aún más atrás en el tiempo, a los 50 millones de personas que murieron a causa de la gripe española en 1918, o a la hambruna en Irán que se cobró la vida de unos dos millones de personas por esas mismas fechas.

Estos relatos horribles se suceden sin fin…

Y, sin embargo, no debería sorprendernos. Hace casi dos mil años, Jesús advirtió sobre las catástrofes de los últimos días: «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las naciones, perplejas ante el rugido del mar y de las olas; los corazones de los hombres desfallecerán por el temor y la expectación de las cosas que vendrán sobre la tierra, pues las potencias de los cielos serán conmovidas» (Lucas 21: 25–27). Si esto no se parece a nuestra época, especialmente en Florida, con «el mar y las olas rugiendo», ¿qué lo hace?

Sin embargo, todo esto lleva a una pregunta razonable y justa: ¿Cómo pueden suceder cosas como estas si Dios es un Dios todopoderoso y amoroso? Una cosa es explicar lo que se ha llamado «mal humano», cuando las personas hacen cosas malas a propósito. Eso puede atribuirse al libre albedrío, la libertad que Dios dio a todos los seres humanos, la cual han utilizado para hacer el mal desde el Edén. (Véase Génesis 3:1–15.)

Pero, ¿qué hay del «mal natural», cuando la propia naturaleza se vuelve contra los habitantes de la Tierra y causa un gran sufrimiento? ¿Cómo explicamos eso?

Nos encontramos en medio de una gran controversia entre el bien y el mal, entre Cristo y Satanás.

El Gran Conflicto

La Biblia enseña que estamos inmersos en una lucha cósmica que algunos han llamado «la gran controversia». La Biblia es clara acerca de esta realidad en varios pasajes. He aquí solo uno de ellos: «¡Ay de los moradores de la tierra y del mar! Porque el diablo ha descendido a vosotros con gran ira, sabiendo que tiene poco tiempo» (Apocalipsis 12:12).

¿Ay? ¿El diablo? ¿Gran ira? Basta con echar un vistazo a nuestro mundo —desde las guerras hasta la delincuencia, pasando por los huracanes y las sequías— para que esa advertencia tenga sentido, ¿no es así? Aunque esto quizá no signifique que podamos atribuir cada desastre natural directamente al diablo, sí significa que nuestro mundo está inmerso en una lucha cósmica en la que incluso la propia naturaleza se ve afectada. El apóstol Pablo escribió sobre cómo «toda la creación gime y sufre» bajo esta batalla cósmica (Romanos 8:22).

En su libro In the Doors of the Sea: Where Was God in the Tsunami?, David Bentley Hart, un teólogo ortodoxo griego que escribió en respuesta al tsunami que devastó partes de Asia en 2004, dijo: «En el Nuevo Testamento, nuestra condición como criaturas caídas se describe explícitamente como una subyugación a la autoridad subsidiaria y a menudo rebelde de los “poderes” angelicales y demoníacos». Aunque estos poderes, continuó Hart, no impedirán el triunfo definitivo de Dios, por ahora «sin duda son capaces de actuar en su contra».

En otras palabras, nos encontramos en medio de una gran controversia entre el bien y el mal, entre Cristo y Satanás. (Véase, por ejemplo, Mateo 4:1–11.) ¿Quién no ha sentido la realidad de esta lucha en su propio corazón? ¿Quién no se ha sentido, en ocasiones, impulsado, incluso empujado, a hacer el mal? La Biblia ayuda a explicar por qué esto ocurre en algunos casos: «Porque no luchamos contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes» (Efesios 6:12).

Y, sin embargo, aunque la Biblia describe claramente los orígenes de este gran conflicto, también revela la solución definitiva: Jesús en la cruz. Su muerte garantiza no solo el fin de esta lucha algún día próximo, sino también que un mal como este nunca volverá a ocurrir. Tormentas como el huracán Ian son el resultado de un mundo caído, donde la propia naturaleza, que tan a menudo da testimonio del amor y la bondad de su Creador, se ve afectada negativamente, dejando a su paso una estela de destrucción.

Pero se nos ha prometido, gracias a Jesús, que un día Dios «enjugará toda lágrima de sus ojos; ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor. Las primeras cosas han pasado» (Apocalipsis 21:4). Para saber más sobre el gran conflicto, cómo comenzó y cómo terminará finalmente, vea«El gran conflicto: El fundamento».

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