Gracia y gloria

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David, un pastorcillo, fue ungido como futuro rey de Israel. Pero pasarían varios años antes de que se sentara en el trono. El arduo viaje del pasto al palacio estuvo marcado por muchas tribulaciones.

Finalmente, todos los ancianos acudieron a Hebrón y “ungieron a David como rey de Israel” (2 Samuel 5:3). Esta era la tercera vez que David era ungido. La primera fue por Samuel en Belén (1 Samuel 16:13), y la segunda por los hombres de Judá (2 Samuel 2:4).

En este momento del reinado de David, todavía no se había asegurado una capital para el reino. Fue después de la tercera unción de David que Jerusalén fue conquistada y el arca del pacto fue llevada a la ciudad con mucho regocijo. Vemos paralelismos entre el reinado de David y el reino de Jesús.

Cuando Cristo fue ungido por el Padre celestial y el Espíritu Santo en Su bautismo (Mateo 3:13-17), entró en un período de tribulación en el desierto. Después de vencer las tentaciones de Satanás, Cristo anunció: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 4:17). Se refería al reino de gracia que se ofreció por primera vez a los seres humanos después de que Adán y Eva pecaran. Sería establecido por la muerte de Cristo, y las personas podrían convertirse en ciudadanos a través de la regeneración. “Si uno no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5).

El reino de gloria se establecerá en la Segunda Venida.

Después del juicio, una vez completada la obra de nuestro Sumo Sacerdote, Dios Padre dará a Jesús “dominio, gloria y reino” (Daniel 7:14). Pronto el reino de gloria será establecido en esta Tierra al final del milenio cuando la Nueva Jerusalén descienda del cielo (Apocalipsis 21:10, 11). ¿Formará usted parte de ese reino?

Aplícalo:

¿Ha visitado alguna vez -o vive en- un país con monarca?

Profundice:

Marcos 1:15; Lucas 17:20, 21; Juan 18:37