Bebés sorpresa

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En mayo de 1996, Karen Watson, de 20 años, dio a luz a un niño de 5 libras y 12 onzas en Albany, Oregón. Esto no tendría nada de extraordinario si no fuera porque Karen ni siquiera sabía que estaba embarazada. Karen viajaba en tren de camino a una boda en Missoula, Montana. Durante el trayecto, Watson empezó a sentirse cada vez más incómoda.

Al final, alguien llamó por adelantado y unos paramédicos les esperaban en la parada de tren de Albany para averiguar qué estaba provocando el creciente malestar físico de Karen. Minutos más tarde, Watson dio a luz a un niño sano. Este suceso la pilló completamente por sorpresa, aunque admitió que algunos médicos le habían diagnosticado anemia y un problema de tiroides. Por supuesto, este no era el primer caso de una mujer que daba a luz de forma inesperada.

Pero cuesta comprender cómo Watson, una mujer delgada que pesaba 105 libras, ni siquiera había imaginado que las siete libras de más que había ganado pudieran ser un niño de 5 libras y 12 onzas. Lo que hace que esto sea aún más asombroso es que Karen Watson estudiaba Biología con vistas a la carrera de Medicina en la Universidad de California, Davis, y tenía planes de dedicarse a la medicina familiar.

¿Sabías que la Biblia habla de varios niños milagrosos que sorprendieron a sus madres? Isaac, José, Samuel, Juan el Bautista y Jesús nacieron todos en circunstancias milagrosas. La anciana Sara se alegró tanto cuando nació Isaac que dijo: «Dios me ha hecho reír, y todos los que lo oigan se reirán conmigo» (Génesis 21:6). Raquel, que había sido atormentada por su hermana Lea porque no tenía hijos, dijo tras dar a luz a José: «Dios ha quitado mi afrenta» (Génesis 30:23).

Ana tuvo a su hijo milagroso, «y le puso por nombre Samuel, diciendo: “Porque se lo he pedido al Señor”» (1 Samuel 1:20). Isabel, la madre de Juan el Bautista, también había superado la edad habitual para tener hijos cuando quedó embarazada. Su respuesta fue: «Así me ha tratado el Señor en los días en que se fijó en mí, para quitar mi vergüenza ante la gente» (Lucas 1:25).

El bebé más milagroso, por supuesto, fue Jesús, que nació para salvar a todos aquellos que eligen renacer milagrosamente en Él.