Dios es amor

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“No pasa nada. Dale otro beso, papá”. Estas palabras salieron de un niño de cuatro años mientras observaba a su padre intentando reanimar a su hermano recién nacido. El bebé había nacido en el coche de camino al hospital y no respiraba. Mientras el padre seguía frenéticamente las instrucciones del operador de emergencias que hablaba a través de su teléfono móvil, el niño y su madre observaban asombrados.

Cuando el bebé empezó a respirar, el padre lo envolvió en su camisa y saludó al agente que llegaba al lugar. Para los adultos presentes, el padre había realizado una delicada tarea que le había salvado la vida, pero para el niño de cuatro años, el padre simplemente estaba expresando su amor.

Cuando los israelitas escaparon de la esclavitud egipcia, Moisés vio que su experiencia era la expresión del amor de un Padre. La liberación de los israelitas de una vida de esclavitud no fue un mero intento de proporcionarles un alivio temporal. Fue el comienzo de un estrecho vínculo que “establecería” a todos los seguidores de Dios “como pueblo santo para sí” (Deuteronomio 28:9). Este vínculo mostraría cómo Dios daría a todos sus hijos humanos “gozo eterno” (Isaías 51:11).

Para mucha gente, Dios parece mantenerse distante. En realidad, el Antiguo Testamento ofrece muchos retratos del afecto del Padre. En Oseas, Dios dice con anhelo: “Cuando Israel era niño, yo lo amaba. … Enseñé a andar a Efraín, tomándolos por los brazos. … Los atraje con cuerdas suaves, con bandas de amor. … Me incliné y les di de comer” (Oseas 11:1, 3, 4).

Dios ama “con amor eterno” (Jeremías 31:3). No se contenta con besos simbólicos y abrazos de memoria. Por el contrario, quiere estar estrechamente implicado en nuestra vida cotidiana.

Aplícalo:

Dé a un familiar un abrazo o una expresión de cariño adicionales.

Profundice:

Salmo 8:3-4; Salmo 18:1-2; Salmo 22:24