Dos transformaciones
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Al final de la Segunda Guerra Mundial, Louis Zamperini regresó por fin a casa. Corredor olímpico por Estados Unidos en 1936, fue artillero durante la guerra. Tras el accidente de su avión en el Pacífico, sobrevivió 46 días en una balsa salvavidas, solo para acabar como prisionero de guerra de los japoneses.
Zamperini sufrió un trato brutal a manos de sus captores, pero sobrevivió. Tras su regreso, se casó y tuvo dos hijos. Sin embargo, los recuerdos de su cautiverio le atormentaban, y recurrió al alcohol para adormecer el dolor. Su vida familiar se volvió desesperada, y la esposa de Zamperini, Cynthia, finalmente le rogó que asistiera a una cruzada de Billy Graham en Los Ángeles en 1949. Allí, ante una crisis que podría haberle costado su matrimonio y sus hijos, Zamperini aceptó la invitación de Graham a confiar en Jesús. A partir de entonces, la vida de Zamperini cambió radicalmente.
Su historia de superación de la tragedia pasó a la historia, convirtiéndose en el tema de varias películas y del libro superventas Unbroken. Menos destacado en algunos relatos es el cambio en la vida de Zamperini tras aceptar a Cristo: las pesadillas cesaron, dejó de beber y Zamperini fue capaz de perdonar a los japoneses que lo torturaron.
Lo que le sucedió a Louis Zamperini tras su conversión es una transformación milagrosa que puede ocurrirle a cada creyente tras recibir a Jesús como Salvador. Cuando nos rendimos a la voluntad de Dios, podemos cambiar nuestros antiguos comportamientos por «bondad, misericordia, fidelidad, mansedumbre [y] dominio propio». ¿No crees que a este mundo le vendría muy bien mucha más bondad y misericordia, por no hablar de mansedumbre?
Si lo único que nos diera la salvación fuera la oportunidad de tener vida eterna en el cielo, eso sería más que suficiente, y mucho más de lo que merecemos. Pero la eternidad no es la única parte del paquete: al renovar nuestra propia naturaleza y recibir los atributos positivos que quizá no siempre hayamos mostrado antes, ¡podemos empezar a vivir en nuestro propio «cielo en la tierra» a partir de hoy mismo!
Ponlo en práctica:
Mientras das gracias a Dios por su bondad y por los dones del Espíritu que acompañan a la salvación, recuerda ejercer esos dones, ¡especialmente cuando las cosas se pongan difíciles!
Profundiza:
Marcos 9:2–29; Judas 24; 2 Corintios 10:5