¡Dos veces mía!
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Se cuenta la historia de un niño que construyó un velero de juguete y lo perdió en un gran lago en pleno centro de la gran ciudad. Semanas más tarde, vio el barco —su barco— en el escaparate de una tienda, pero, a pesar de sus súplicas al dueño, tuvo que reunir hasta el último céntimo que tenía para comprar aquello que sus propias manos habían creado. «Ahora eres mío por partida doble», le dijo el niño al barco mientras salía de la tienda. «¡Primero te hice yo, y luego pagué para recuperarte!».
¿Ves la analogía, verdad? Dios nos creó, pero el pecado nos puso en el escaparate de Satanás. Para recuperar a la humanidad caída, había que pagar un precio por el pecado; de hecho, el precio definitivo fue la muerte de Jesús, el Hijo unigénito de Dios, en una cruz de vergüenza.
La justicia de Dios tenía que ser satisfecha, pero si Dios simplemente destruyera a todos los pecadores, no quedaría nadie. «No hay justo, ni siquiera uno» (Romanos 3:10).
El costo de la redención supera todo lo que la mente humana pueda imaginar. Jesús no solo tuvo que venir a la tierra como ser humano, sino que cargó con nuestros pecados y con la separación de Dios que estos exigían durante una agonizante crucifixión. Piénsalo: Jesús, quien habló y el mundo fue creado —«por medio de Él fueron creadas todas las cosas, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra, las visibles y las invisibles» (Colosenses 1:16)— tuvo que morir para redimir a los seres humanos que Él mismo creó.
Al igual que aquel niño, Jesús puede decir de quienes le siguen: «¡Primero os creé, y luego pagué para redimiros!». Cuando un pecador recibe a Cristo como su Salvador, sus pecados son borrados, su deuda es pagada. ¡Y la recompensa es mucho mejor que volver a la estantería de un niño!
Aplícalo:
Hoy, dile a alguien que conozcas —o a alguien que acabes de conocer— que Dios lo ama tanto que quiere llamarlo «dos veces mío».
Profundiza:
Éxodo 29:18; Levítico 1:9; Efesios 5:2