¿Enseña la Biblia que los cristianos son incapaces de pecar?
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La clave para comprender este texto reside en el significado de la palabra «descendencia». Existe la certeza de que esta «descendencia» nos proporcionará la victoria total sobre el pecado. ¿Quién es esta «descendencia» cuya presencia en nuestras vidas puede garantizarnos la fuerza para obedecer? Encontramos la respuesta en Apocalipsis 12:17: «El dragón se enfureció contra la mujer, y se fue a hacer la guerra contra el resto de su [descendencia], los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo».
La simiente de la mujer era el hijo varón del versículo 5, «que había de regir todas las naciones» y «fue arrebatado a Dios». ¡Cristo es esta simiente! Encontramos la misma enseñanza en los escritos del apóstol Pablo cuando habla de Abraham: «Y a tu descendencia, que es Cristo» (Gálatas 3:16).
Ahora podemos comprender mejor la hermosa verdad de 1 Juan 3:9. Los que verdaderamente han nacido de Dios no pecan voluntariamente, porque Cristo reina en sus corazones. La única forma en que pueden optar por pecar es separándose de Jesús. En otras palabras, la presencia permanente de Cristo y la comisión deliberada del pecado no pueden coexistir simultáneamente en el mismo corazón al mismo tiempo. El pecado deliberado siempre nos separa de Cristo, y el Espíritu Santo no se convierte en ministro del pecado. Por otro lado, aquellos que están genuinamente convertidos y tienen la morada del Espíritu podrán vencer el pecado en todas sus formas.
Este texto no significa que los cristianos sean incapaces de cometer actos erróneos; más bien, su amor por Cristo les impide actuar en contra de Su voluntad. La palabra «pecado» aparece aquí en una forma griega que indica un proceso continuo. En otras palabras, aunque tropiecen y caigan en el pecado, no seguirán por ese camino; más bien, se arrepentirán sinceramente y se apartarán de cualquier violación deliberada de la voluntad revelada de Dios.