El verdadero centro
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Fue un paso en la dirección correcta. Cuando el matemático y astrónomo renacentista Nicolás Copérnico sugirió que los planetas de nuestro sistema solar no giraban alrededor de la Tierra, sino alrededor del Sol, fue algo revolucionario. De hecho, la idea de que el Sol es el centro del universo (heliocentrismo) se remonta a Aristarco de Samos, un escritor helenístico del siglo III a. C.
El sistema de Copérnico tenía varias deficiencias, y se necesitarían muchos astrónomos posteriores para perfeccionar su modelo, entre ellos Tycho Brahe, Johannes Kepler, Galileo Galilei e Isaac Newton. Kepler introdujo el concepto de las órbitas elípticas, y Galilei aportó pruebas que lo respaldaban mediante el uso del telescopio. Galilei también fue convocado a Roma en 1633 y juzgado por sus creencias.
Astrónomos posteriores, como William Herschel y Friedrich Bessel, demostraron que el sol no se encuentra en el centro del universo. Para ser aún más precisos, la Biblia enseña que Cristo es el centro de todas las cosas. «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres» (Juan 1:1–4).
La gran controversia entre Cristo y Satanás puede entenderse como el deseo del diablo de apartar a Jesús del centro y convertirse él mismo en el punto focal del universo. Las tentaciones de Cristo en el desierto ponen esto de manifiesto cuando Satanás le sugirió: «Todo esto te daré si te postras y me adoras» (Mateo 4:9).
Aunque al diablo le encantaría que viéramos la tierra, a los seres humanos o incluso a la iglesia como el centro de todas las cosas, solo en Cristo encontramos el verdadero centro del universo.
Aplícalo:
Busca la palabra «heliocentrismo» en una enciclopedia. Descubre cómo esta visión conmocionó a algunos líderes de la iglesia.
Profundiza:
Lucas 24:25–27; Efesios 4:21; Apocalipsis 1:8