El lenguaje del cuerpo

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Imagina que una mañana te despiertas y oyes a tus riñones hablarte. «¿Sabes? Hemos estado limpiando mucho por aquí y no recibimos mucho reconocimiento por todo nuestro esfuerzo. ¡Así que nos tomamos el día libre!». ¿Qué pasaría si tus riñones se tomaran unas vacaciones? Todo tu cuerpo se vería afectado.

Utilizando la analogía de la forma humana, el apóstol Pablo describe la naturaleza de la iglesia como un cuerpo físico: «Así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, pero todos los miembros de ese único cuerpo, aunque son muchos, forman un solo cuerpo, así también es Cristo» (1 Corintios 12:12). La cabeza de la iglesia no es un pastor ni algún funcionario en un edificio en algún lugar, sino Cristo (Efesios 4:15).

La metáfora del cuerpo nos enseña que la iglesia debe ser un todo unificado y que todos los diferentes miembros del cuerpo dependen unos de otros. «Si el pie dijera: “Porque no soy mano, no soy del cuerpo”, ¿por eso no es del cuerpo?» (1 Corintios 12:15). Muchos tipos diferentes de miembros dotados conforman el cuerpo de Cristo. Todos son esenciales para el todo, ya que dependen unos de otros.

Algunos miembros del cuerpo pueden sentirse tan esenciales que elevan sus dones por encima de los demás. Pablo advirtió: «Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuera oído, ¿dónde estaría el olfato?» (v. 17). En otras palabras, Dios creó intencionadamente la diversidad en el cuerpo, no solo para que se lograran muchas cosas para su obra, sino para que los miembros sintieran su necesidad mutua.

Tú eres una parte importante del cuerpo de Cristo. El Señor te ha creado de manera única para que contribuyas desinteresadamente al bienestar de toda la iglesia. Así que si alguna mañana te despiertas y piensas en tomarte unas largas vacaciones lejos de la iglesia, recuerda: ¡tú marcas la diferencia!

Aplícalo:

¿Qué partes del cuerpo crees que son más esenciales para la vida de tu cuerpo? ¿Podría esa parte existir por mucho tiempo separada del resto del cuerpo?

Profundiza:

1 Corintios 12:1–31; Colosenses 1:18; Efesios 5:23