¿Qué dice la Biblia sobre el divorcio?, 1.ª parte
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El divorcio surgió en el mundo únicamente a causa del pecado. Nunca se pretendió que formara parte de la experiencia humana. La intención de Dios era que un hombre y una mujer, al contraer matrimonio, se unieran tan estrechamente en propósito, ser y existencia que fueran, literalmente, «una sola carne». Y dos vidas tan entrelazadas no pueden separarse sin causar un gran dolor y secuelas emocionales.
Lamentablemente, la lacra del divorcio es ahora tan común en nuestra sociedad que es dudoso que haya alguien en Estados Unidos que no se haya visto afectado por ella de una forma u otra. Quizá tú mismo lo hayas vivido… o quizá lo haya hecho un amigo, uno de tus padres o uno de tus hijos.
Las estadísticas son ya de por sí terribles: entre el 40 y el 50 por ciento de todos los primeros matrimonios terminan en divorcio. Eso significa que casi la mitad de las personas que se casan acabarán, tarde o temprano, divorciándose. Lo peor es que el 67 por ciento de los segundos matrimonios también acabarán en divorcio. ¿Quizás el tercer matrimonio sea el definitivo? En absoluto, ya que alrededor del 74 por ciento de ellos también fracasan. De hecho, alrededor del 25 por ciento de los adultos en Estados Unidos están divorciados.
Mientras tanto, más de un millón de niños al año en Estados Unidos viven la separación de sus padres. ¡Un millón! Solo Dios conoce el auténtico dolor, el sufrimiento y el trauma que experimentan quienes se ven directamente afectados por el divorcio.
Cuando los fariseos se acercaron a Jesús con una pregunta sobre el divorcio, Él habló de cómo el hombre y su mujer se convierten en una sola carne y de que el hombre no debe separar lo que Dios ha unido (véase Mateo 19:4-6). Además, explicó: «Os digo que cualquiera que repudie a su mujer, salvo por causa de fornicación, y se case con otra, comete adulterio; y el que se case con la repudiada, comete adulterio» (versículo 9).
Ahora bien, si esta fuera la única afirmación de la Biblia sobre el matrimonio, parecería que, según Jesús, solo existe un motivo bíblico para divorciarse y volver a casarse. Por supuesto, la Biblia y Jesús tienen más que decir sobre el matrimonio que solo este pasaje.