La COVID, la unidad mundial y los Juegos Olímpicos de Verano de Tokio
El 23 de julio dieron comienzo los Juegos Olímpicos de Verano con su ceremonia inaugural en la ciudad anfitriona, Tokio, capital de Japón, un año después de lo previsto inicialmente. Esta es la primera vez que se aplaza este famoso evento multideportivo y multinacional que se celebra cada cuatro años. Y el mundo se lo debe al COVID-19.
Poco después de que el coronavirus se propagara por todos los continentes, el Comité Olímpico Internacional, en colaboración con el Comité Organizador de Tokio 2020 de Japón, anunció el aplazamiento de los Juegos el 24 de marzo de 2020.
Y desde entonces, al parecer, los Juegos de la XXXII Olimpiada han estado condenados al conflicto y la controversia, empezando por una profusión de dimisiones y destituciones entre altos cargos.
De hecho, incluso antes de que se desatara la pandemia, el 19 de marzo de 2019, el exolímpico Tsunekazu Takeda dimitió de su cargo como presidente del Comité Olímpico Japonés debido a acusaciones de soborno.
El 12 de febrero de 2021, el ex primer ministro de Japón, Yoshiro Mori, renunció a su cargo como presidente del Comité Organizador de Tokio por unos comentarios despectivos hacia las mujeres.
Luego le tocó el turno al director creativo Hiroshi Sasaki en marzo, tras dejar un rastro documentado en el que proponía que la comediante japonesa de talla grande Naomi Watanabe apareciera como la «Olympig», ataviada con un traje de cerdo, durante la ceremonia de inauguración.
En el último momento se produjeron cambios aún más drásticos. El 19 de julio, el compositor Keigo Oyamada, que había aportado varios minutos de música, abandonó el proyecto en medio del resurgimiento de múltiples testimonios de acoso a niños discapacitados en el pasado.
Y el 22 de julio, un día antes de la ceremonia de inauguración, su director, el polifacético artista Kentaro Kobayashi, fue despedido de forma abrupta después de que los medios de comunicación se hicieran eco de unas imágenes de vídeo en las que aparecía haciendo una broma sobre el Holocausto durante una actuación en 1998.
Estos eran los hombres encargados de crear, según se cita directamente de la página web oficial de Tokio 2020, «una experiencia que transmita cómo todos tenemos la capacidad de celebrar las diferencias, de empatizar y de convivir con compasión mutua». La ironía no pasa desapercibida.
Todo menos unidad
Ahora añádase a la mezcla el reciente aumento de casos de COVID-19, y se tiene una batalla aún más cuesta arriba en la búsqueda de esa experiencia. Dos semanas antes del día de la inauguración, «Tokio notificó 920 nuevos casos de COVID-19. … Es el mayor aumento de casos … en un periodo de una semana desde que se notificaron 1010 el 13 de mayo».
En respuesta, el 12 de julio, Tokio decretó su cuarto estado de emergencia desde el inicio de la pandemia, prohibiendo de hecho a cualquier residente local asistir a los Juegos. Más de un millón de aficionados internacionales ya se vieron obligados, allá por marzo, a cancelar sus planes de viaje y a esperar a que se les reembolsaran las entradas. A menos que se produzca una disminución de los casos, está previsto que este estado de emergencia permanezca en vigor hasta el 22 de agosto, mucho después del final de los Juegos , el 8 de agosto.
Como resultado, varios patrocinadores, entre ellos el gigante automovilístico Toyota, dieron un gran paso atrás en la promoción de los Juegos Olímpicos, negándose a enviar representantes en persona e incluso retirando los anuncios de televisión dentro de Japón. Dos países, Corea del Norte y Guinea, se retiraron de la competición.
No hay «espectadores»; «no se permite animar» (los carteles indican específicamente: «Aplaude, no cantes ni corees»); «no se permiten apretones de manos ni chocar los cinco»; no hay interacción social—básicamente, el menor contacto posible entre los participantes.
A pesar de estas medidas, varios atletas han contraído la COVID-19 durante los Juegos; otros muchos, entre los que destacan la estrella del tenis estadounidense Coco Gauff, el golfista estadounidense Bryson DeChambeau y el golfista español Jon Rahm, dieron positivo antes incluso de partir hacia Tokio.
Ni siquiera los deportes olímpicos recién debutados y los atletas en edad escolar (véase el skateboarding, eterno perdedor, y sus tres medallistas adolescentes, todas ellas mujeres) parecen suficientes para disipar el ambiente lúgubre que se cierne sobre los Juegos.
«Despojada de todo esplendor y celebrada en un estadio inquietantemente silencioso», la ceremonia de inauguración se desarrolló ante un público de 950 personas, en su mayoría periodistas y otros VIP, incluida la primera dama, la Dra. Jill Biden, en lugar de los 68 000 espectadores para los que fue concebida.
Y mientras el presidente del COI, Thomas Bach, hablaba del «poder unificador del deporte» y de la«esperanza para nuestro futuro camino juntos», se podían oír resonando por el estadio los cánticos airados de los lugareños reunidos justo fuera, que protestaban por los 15 400 millones de dólares gastados en lo que consideran un derroche fuera de lugar. Los medios de comunicación han informado, basándose en diversas encuestas, de que entre el 50 % y el 80 % de la población japonesa desaprueba la celebración de los Juegos Olímpicos dada la situación actual del mundo.
El mundo entero
Huelga decir que esta imagen dista mucho de reflejar la unión. Es un gigante dolorosamente lamentable que cojea hacia la línea de meta, tan desesperado por recrear cualquier apariencia de victoria, de fuerza, de integridad.
La gente tiene predominantemente la impresión de que la unidad fomenta la paz y equivale a la bondad. ¿Se está convirtiendo ahora en la panacea mágica de todos los problemas del mundo? ¿Acaso todos necesitamos simplemente estar en esto… juntos?
Sí, sin duda, la Biblia condena «las contiendas… y las divisiones» (1 Corintios 3:3). Pero también profetiza sobre una unidad que no es de Dios. Además, distingue dos grupos: uno unido en «la obediencia que conduce a la justicia», y el otro en «el pecado que conduce a la muerte» (Romanos 6:16). Un día, declara, «todo el mundo… [seguirá] a la bestia» (Apocalipsis 13:3). Un día, todos los que se hayan unido bajo esta bestia apuntarán con su mira a aquellos que «no adoraran la imagen de la bestia» (v. 15), los seguidores de Dios.
Acompañe al pastor Doug Batchelor en su estudio sobre esta bestia y lo que sucederá«Cuando todo el mundo se pregunte».
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