El amor es lo más grande

El amor es lo más grande

Un dato curioso: el término «bucket list» (lista de cosas que una persona querría hacer antes de morir) tiene su origen en la expresión «kicking the bucket» (estirar la pata). En la Edad Media, los criminales eran ejecutados en la horca. En el patíbulo, a menudo se les obligaba a subirse a un cubo mientras se les ataba la soga al cuello. A continuación, el verdugo daba una patada al cubo para que se les cayera de debajo de los pies. Una encuesta de Stanford reveló que más del 91 % de los encuestados tenía una lista de cosas que hacer antes de morir.


Las 12 cosas principales que la gente incluye en sus listas de cosas que hacer antes de morir son: ver la aurora boreal, correr una maratón, hacer un safari en África, explorar cuevas en Centroamérica, escalar el Everest, visitar la Gran Muralla China, aprender a tocar un instrumento, lanzarse en tirolina por la selva tropical, bucear con esnórquel en la Gran Barrera de Coral, hacer paracaidismo, ver las Grandes Pirámides de Giza y hacer rafting por el río Colorado.

He tenido la suerte de hacer muchas de estas cosas. Pero lo más importante de mi lista de cosas que hacer antes de morir no es, en realidad, ninguna de ellas. Es un pasaje de la Biblia:

Para que Cristo habite en vuestros corazones por la fe; para que, arraigados y cimentados en amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo, que excede todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios (Efesios 3:17–19).

Puedes tener aficiones; puedes tener metas. Pero la directriz suprema para todo cristiano es experimentar el amor de Dios. Nada es más importante. Pero es igual de importante saber por qué el amor es lo más grande.

Definición del amor

Un día, caminaba por un aparcamiento y una señora me llamó: «¿No te encanta?».

Miré a mi alrededor, confundido.

«Tu coche», explicó ella. «¡Tengo uno igual! ¿A que son geniales?».

Hoy en día, pronunciamos la palabra «amor» con tanta naturalidad que casi ha perdido su impacto.

¡Los diferentes términos interpretados como «amor» en las Escrituras se utilizan más de 500 veces! La primera vez que aparece en la Biblia es el término hebreo ahab, cuando Dios le dijo a Abraham: «Toma ahora a tu hijo, tu único hijo Isaac, a quien amas, […] y ofrécelo allí como holocausto» (Génesis 22:2). Esto significa que la primera vez que nos encontramos con la palabra amor en la Biblia es en el contexto del sacrificio. Para Dios, lo que constituye el amor es todo menos algo trivial. Y, como veremos, este versículo no es más que una introducción a la propia expresión de amor de Dios.

El idioma griego tiene cuatro palabras para expresar diferentes tipos de amor:

Storge: un sentimiento de afecto, como el que existe entre padres e hijos o una fuerte amistad

Eros: sentimientosrománticos o deseo sexual

Phileo: un sentimiento de lealtad o apego hacia los amigos, la familia y la comunidad

Ágape: amor desinteresado e incondicional

Las dos que se utilizan principalmente en el Nuevo Testamento son phileo y ágape. Hay una gran diferencia entre ágape y phileo. Mientras que phileo tiende a ser un sentimiento involuntario, ágape es voluntario. Es la elección de amar a alguien.

El amor de Jesús

Aunque rara vez se utilizaba en el griego antiguo y solo aparece unas pocas veces en el Nuevo Testamento, ágape es, sin embargo, la esencia de nuestra doctrina cristiana.

En Gálatas 5 hay una lista de «los frutos del Espíritu»: «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio» (vv. 22, 23). El primero de todos es el «amor», ágape. Todos los demás frutos vienen después; creo que es porque todos los demás frutos se producen a partir de él. Y en la segunda epístola de Pedro, el apóstol describe el crecimiento de un cristiano como subir una escalera, y el amor es el peldaño más alto:

Por esta misma razón, esforzándoos por todas las fuerzas, añadid a vuestra fe la virtud; a la virtud, el conocimiento; al conocimiento, el dominio propio; al dominio propio, la perseverancia; a la perseverancia, la piedad; a la piedad, la bondad fraternal; y a la bondad fraternal, el amor (2 Pedro 1:5–7).

El amor, ágape, es el último de la lista. Es la culminación definitiva, la meta final. La Biblia define el ágape como la cúspide de lo que puedes experimentar como persona.

De ahí se deduce que el ágape es el amor defendido por Jesús; es la base de su carácter. Ágape es la palabra utilizada a lo largo de 1 Corintios 13. El famoso capítulo del «amor» de la Biblia describe el amor incondicional de Dios por ti. (Prueba esto: lee todo el capítulo y, cada vez que veas la palabra «amor», cámbiala por «Dios»).

Descubrirás que el amor de Dios por ti es un amor sin fin: «El Señor se me apareció desde antiguo, diciendo: “Sí, te he amado con un amor eterno; por eso te he atraído con misericordia”» (Jeremías 31:3). En nuestras relaciones, el amor que nos tenemos unos a otros a menudo cambia. Los sentimientos pueden subir y bajar debido al clima, a las hormonas, incluso a la dieta. Pero el amor de Dios no es así. Dios no dijo: «Cuando empieces a comportarte mejor, entonces te amaré»; tampoco dijo: «Cuando seas salvo, te amaré». Dios nos amó «cuando aún éramos pecadores» (Romanos 5:8), lo que significa que nos ama ahora. El amor de Dios por nosotros es constante, inmutable, eterno. Él «todo lo soporta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta» (1 Corintios 13:7).

Fíjate en el apóstol Pablo. Dios lo amó incluso cuando era un asesino. Y comprender eso llevó a Pablo a escribir:

¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro o la espada? … Sin embargo, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados ni las potestades, ni lo presente ni lo por venir, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada podrá separarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús, nuestro Señor (Romanos 8:35, 37–39).

Vaya. Nadie más en el universo puede prometer eso.

Experimentar su amor

Entonces, ¿cómo experimentamos este amor incomparable de Cristo? Como lo harías con cualquier relación, conoce a nuestro Dios. Comunícate con Él. Pasa tiempo con Él. Aprende lo que Él hace y lo que no hace. Si no estás haciendo esto, es muy posible que esa sea la razón por la que estás teniendo dificultades en tu relación con el Señor.

¿Cómo pasas tiempo con Dios, de todos modos? No, no puedes simplemente llamar a Dios por teléfono, pero, en cierto modo, tienes una línea directa con Él a través de la oración. La oración es la conversación del alma con el Todopoderoso.

Lee Su Palabra. Dios nos dio la Biblia para que pudiéramos conocerlo. A través de la Biblia, aprenderás la mejor expresión de amor jamás dada: la vida y la muerte de Jesucristo.

Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna (Juan 3:16).

En Cristo se manifestó el amor de Dios hacia nosotros: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a Su Hijo para ser la propiciación por nuestros pecados» (1 Juan 4:10). Cristo dijo: «Y yo, si soy levantado de la tierra, atraeré a todos a mí» (Juan 12:32). Darnos cuenta de lo que Cristo hizo por nosotros nos lleva a responder. Abraham nunca tuvo que sacrificar a Isaac (Génesis 22:12–14), porque Dios mismo ocupó su lugar; Cristo tomó la muerte que todos merecíamos.

¿Cómo eran los apóstoles de Cristo antes de la cruz? ¿Y cómo eran después? Antes arrogantes (Mateo 26:35), despiadados (Lucas 9:54), pendencieros y competitivos (22:24), estos hombres, a excepción de Judas, fueron transformados por la experiencia de ver a su Salvador levantado en ese instrumento de muerte. Fíjate en cómo se describe a los apóstoles tras la ascensión de Cristo al cielo: «Todos ellos perseveraban unánimes en oración y súplica» (Hechos 1:14).

Contemplando el amor

Hoy en día funciona de la misma manera. Aunque no fuimos testigos oculares durante el tiempo de Cristo en esta tierra, el mismo poder de su vida y muerte nos llega con la misma eficacia.

Es un hecho evidente que las personas se vuelven como aquello que miran. La gente, incluso los cristianos profesos, está viendo violencia gráfica, pornografía y pecados inimaginables a un ritmo alarmante. ¿Qué efecto tiene eso en sus corazones y mentes? Por el contrario, ¿qué sucede cuando contemplamos al Salvador, «el Verbo [que] se hizo carne y habitó entre nosotros» (Juan 1:14)? Produce amor en nosotros. «Nosotros le amamos porque Él nos amó primero» (1 Juan 4:19). Cuanto más llegas a conocer a Cristo —cuanto más llegas a experimentar Su amor por ti personalmente— más Su amor transformador engendra amor en ti.

«¡Mirad qué amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios!» (3:1). Fíjate en lo personalizada e individual que es la experiencia de contemplar a Dios. Juan ni siquiera puede describirlo; lo único que puede hacer es invitarte a que hagas lo mismo. «El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor» (4:8). Un conocido autor cristiano lo expresó así: «Conocer a Dios es amarlo». El amor por Dios no es solo una emoción, es algo intelectual. Tienes que ser tú quien tome la decisión, cada día. Tienes que ser tú quien dedique el tiempo, cada día.

Solo entonces puede Dios hacer su obra. Tú «eres transformado a su misma imagen, de gloria en gloria, tal como por el Espíritu del Señor» (2 Corintios 3:18, el énfasis es mío). No cambias tu propio corazón; permites que Dios cambie tu corazón. Es entonces cuando «amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Deuteronomio 6:5).

Todo se trata de amor

Pero contemplar a Cristo no termina solo contigo. Antes de su ascensión al cielo, Jesús le hizo a Pedro una pregunta tres veces: «¿Me amas?» (Juan 21:15–17). Una de las últimas conversaciones del Salvador con su discípulo fue sobre el amor. Cada vez, Pedro respondió: «Tú sabes que te amo». Y cada vez, Jesús le indicó el siguiente paso, el resultado que se derivaba de amarlo: «Apacienta mis corderos»; «cuida de mis ovejas»; «apacienta mis ovejas».

Si amamos a Jesús, eso nos lleva a amar a otras personas. «Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios; y todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios» (1 Juan 4:7). Debemos amarnos unos a otros de la misma manera que amamos al Señor. De hecho, es la forma en que demostramos nuestro amor por Dios. Amar a los demás es el criterio para conocer a Dios. «Venid a mí», dijo Jesús (Mateo 11:28). Aprended del amor de Dios del mismo Cristo, y luego contádselo al mundo (28:19, 20). Esta es la gran comisión que Dios nos ha encomendado.

Una vez le preguntaron a Jesús: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de la ley?» (22:36).

Él respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente». Este es el primer y gran mandamiento. Y el segundo es semejante a éste: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas (vv. 37–40).

Esta es la síntesis que hace Jesús de los Diez Mandamientos. Los cuatro primeros mandamientos se refieren a nuestro amor por Dios; los seis últimos, a nuestro amor por nuestros semejantes. No se pueden cumplir los seis últimos sin cumplir los cuatro primeros. El amor a Dios engendra el amor a las personas. En realidad, los Diez Mandamientos tratan en su totalidad sobre el amor; son la gran comisión en forma escrita. Esta es la experiencia plena del amor de Dios.

Llévalo a flor de piel

Y de ahí se deduce que el amor es lo que nos identifica como creyentes. El amor —no el campanario de una iglesia ni la cruz que llevamos al cuello— es la insignia de un cristiano: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros» (Juan 13:35).

Había una vez un niño que empezó a acudir con regularidad a la iglesia del famoso evangelista Dwight Moody en Chicago. El niño era notablemente pobre, vestía harapos, pero sin falta recorría seis kilómetros a pie para asistir al servicio, pasando por delante de al menos una docena de iglesias más en el camino. Un día, Moody le preguntó por qué. El niño respondió: «Quiero venir aquí porque aquí es donde saben cómo amar a un compañero».

La gente hará todo lo posible por experimentar el ágape genuino. Acudirán a la iglesia si es un lugar donde se demuestra el amor de Dios.

¿Te has dado cuenta de que es más fácil tener confianza en el amor de Dios por ti que en tu amor por los demás? En todo caso, la polarización de este último año ha dejado muy claro la falta de amor que algunas personas tienen en sus propios hogares, en el trabajo y en nuestra sociedad en general. Jesús predijo que en los últimos días «el amor de muchos se enfriará» (Mateo 24:12). Y así ha sido.

¿No hemos visto a veces este comportamiento incluso dentro de nuestras propias iglesias? «Porque donde hay envidia, contiendas y divisiones entre vosotros, ¿no sois carnales y os comportáis como simples hombres?» (1 Corintios 3:3). «Porque donde hay envidia y egoísmo, allí hay confusión y toda clase de maldad» (Santiago 3:16).

Nada hace crecer más rápido a una iglesia que cuando los miembros dejan a un lado sus diferencias y se proponen amar a los demás, empezando por su familia eclesiástica. Ese amor crece naturalmente desde dentro hacia fuera, hacia su comunidad. Tomemos el ejemplo paradigmático de la iglesia cristiana primitiva. Tras la ascensión de Cristo, los apóstoles continuaron cultivando el amor de Dios entre ellos. La Biblia registra que estos primeros cristianos «[permanecían] diariamente de común acuerdo en el templo, […] teniendo favor con todo el pueblo» (Hechos 2:46, 47). ¿Cuál fue la consecuencia de tal comportamiento? «El Señor añadía a la iglesia cada día a los que iban siendo salvos».

Al igual que amar a Dios es una elección, también lo es amar a los demás. Amar a tu familia de la iglesia puede parecer difícil a veces. No siempre es natural; no siempre es phileo. Significa elegir comportarse de cierta manera aunque no sientas la emoción. Y cuando eliges ejercer ese amor ágape hacia aquellos con quienes no te llevas bien, es posible que te sorprenda el resultado. Puede que cambien su forma de actuar contigo. Eso es lo que el amor de Dios hace con las personas. Las transforma —y a ti también. Pero empieza con la decisión de amarnos unos a otros, no con el cambio de carácter.

La Biblia nos dice: «El fin de todas las cosas está cerca» (1 Pedro 4:7). A medida que nos acercamos cada vez más al fin de los tiempos, esto es lo que se nos prescribe: «Por encima de todo, amáos fervientemente los unos a los otros, pues “el amor cubrirá multitud de pecados”» (v. 8). Pronto, todos llegaremos al final del camino, donde cada persona será juzgada y se decidirá si se salva o se pierde. El mundo no va a mejorar; solo habrá más pecado y menos amor. Pero nuestro rumbo como pueblo de Dios de los últimos días ya ha sido trazado en la Palabra. Necesitamos este amor que salva y da vida. Necesitamos elegirlo y utilizarlo porque marcará la diferencia entre la vida y la muerte.

El amor más grande

Durante la Segunda Guerra Mundial, a un grupo de prisioneros de guerra escoceses se les encomendó la tarea de construir un puente ferroviario sobre el río Kwai, un esfuerzo del Eje para conectar Tailandia con Birmania, ahora Myanmar. Las condiciones en el campo eran notoriamente inhumanas, lo que a veces generaba un espíritu maligno similar en los prisioneros de guerra.

Un día, los guardias japoneses hicieron inventario de las herramientas y les faltaba una pala. Los guardias alinearon a todos los escoceses y exigieron saber quién había robado la pala. Nadie respondió. El oficial al mando se enfureció y ordenó la ejecución de todo el grupo a menos que el ladrón confesara. Finalmente, un hombre dio un paso al frente. El capitán agarró una pala y golpeó al hombre hasta matarlo allí mismo.

Poco después, los prisioneros de guerra se enteraron de que, en realidad, ninguna de las palas había sido robada. Los guardias simplemente habían contado mal. Aquel hombre, su compañero de cautiverio, era inocente y se había sacrificado para que se les perdonara la vida. Saber esto transformó el comportamiento de todos en el campo. Donde antes había habido un antagonismo egoísta, ahora había amor fraternal. Todo cambió gracias a ese único acto de ágape.

Nadie tiene mayor amor que este: que uno ponga su vida por sus amigos (Juan 15:13).

Son muchos los que llenan su lista de cosas que hacer antes de morir con «las mejores» y más emocionantes experiencias que el mundo tiene para ofrecer. Pero al hacerlo, en realidad están planificando su vida en torno a su muerte, como si esta vida fuera todo lo que hay. Y al final, ¿para qué sirvió todo eso? ¿Qué valor tiene escalar la montaña más alta o lanzarse en tirolina por el bosque en comparación con conocer a Dios y su amor por ti?

El amor de Dios es el mayor objetivo de la vida porque es la piedra angular sobre la que se construyó el plan de salvación. Puedes saber que ese amor te trae vida eterna y tiempo infinito, así como oportunidades para cumplir la lista de deseos más ambiciosa.

Si lo único que logras en esta vida es experimentar el amor de Dios, vivirías una vida más amplia, más larga, más profunda y más elevada que cualquier otra cosa que este mundo pueda ofrecer. Experimentarías el amor más grande, aquel que dura por toda la eternidad.

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