A salvo en la familia

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Durante la celebración del 92.º cumpleaños de la reina Isabel, la policía cortó el tráfico y se desplegaron guardias armados de forma visible por todo el Royal Albert Hall. Las medidas de seguridad se debieron no solo a la presencia de la reina, sino también a la de muchos otros miembros de la familia real que asistieron al evento.

En contraste con la seguridad que necesita la familia real, la iglesia de Dios está concebida para ser un lugar que llama a todas las personas a formar parte de la familia de Dios.

Esto no significa que todas las personas ya formen parte de la familia de Dios, pues entonces nadie sería libre de rechazar ese estatus. En cambio, tienen la oportunidad de convertirse en hijos de Dios.

La Biblia describe este proceso como una adopción o un nuevo nacimiento. En ambos casos, parece que la decisión es personal, entre el individuo y Dios. Sin embargo, una vez tomada la decisión, el individuo gana hermanos cariñosos que asumen la responsabilidad de su familia.

El apóstol Pablo demostró que este era un estatus comúnmente entendido en dos ocasiones diferentes: «Os recomiendo a nuestra hermana Febe, que es servidora de la iglesia en Cencrea, para que la recibáis en el Señor de manera digna de los santos, y la ayudéis en cualquier asunto en que tenga necesidad de vosotros; pues ella ha sido una ayudante de muchos y también de mí mismo» (Romanos 16:1, 2).

En la iglesia existía una norma de conducta que iba más allá de la simple amabilidad superficial. El apoyo mutuo se extendía al aliento y la aprobación en las misiones encomendadas por Dios: «Cuando Jacobo, Cefas y Juan, que parecían ser pilares, percibieron la gracia que se me había concedido, nos dieron a mí y a Bernabé la diestra en señal de comunión, para que nosotros fuéramos a los gentiles y ellos a los circuncidados» (Gálatas 2:9).

Aplícalo:

Pregunta a un miembro de tu iglesia cuál es su mayor sueño al servir a Dios.

Profundiza:

Romanos 8:14–16; 1 Juan 1:3, 7; Efesios 1:4–6