De la muerte a la vida
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Carl Ruse, de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, llegó al campo de trabajo de Yokkaichi-Ishihara Sangyo, en Nagoya (Japón), en septiembre de 1944. Capturado por los japoneses más de dos años antes, Ruse había adelgazado hasta pesar 36 kilos y había perdido la esperanza de sobrevivir mucho más tiempo. Pero entonces, un niño japonés de catorce años que trabajaba en la fábrica donde Ruse estaba recluido comenzó —arriesgando su propia vida— a pasarle comida a escondidas al demacrado prisionero de guerra.
Eso salvó la vida de Ruse. Un año más tarde, el recién liberado Ruse llevó raciones de comida a la familia del chico como regalo, y el chico le dio una pequeña foto suya. El recuerdo de la bondad de este chico hizo de Ruse una mejor persona a lo largo de su vida; estaba libre de la amargura que carcomía los corazones de tantos prisioneros de guerra.
En cierto sentido, todos los seres humanos somos prisioneros de guerra en el gran conflicto entre el bien y el mal. Debido a la triste elección de nuestro antepasado Adán, nuestro enemigo es capaz de esclavizarnos, matarnos de hambre espiritualmente y destruirnos. «Vuestro adversario, el diablo, anda como león rugiente, buscando a quien devorar» (1 Pedro 5:8). Abandonados a nosotros mismos, no tendríamos esperanza.
Pero Jesús intervino como representante de toda la humanidad y estuvo dispuesto a arriesgar su vida, e incluso a morir, «para que todo aquel que en él cree no perezca» (Juan 3:16). A través de su muerte y resurrección, podemos recibir alimento espiritual, perdón y sanidad. Gracias a su provisión, somos rescatados, reconciliados con Dios y recibimos una vida que nunca termina.
Debido al pecado de Adán, hemos heredado la tendencia rebelde a apartarnos de Dios —el único que puede ayudarnos— y nos dirigimos hacia un desastre seguro. Como escribió el profeta Isaías: «Todos nosotros nos hemos descarriado como ovejas; cada uno se ha apartado por su camino» (Isaías 53:6). Pero Jesús tiene el poder de ayudarnos —si así lo elegimos— a revertir nuestro camino autodestructivo, a guiarnos en la dirección correcta y a salvarnos.
Aplícalo:
Enumera tres razones por las que estás agradecido de que Jesús sea tu representante.
Profundiza:
1 Juan 2:1, 2; Romanos 5:18, 19; 1 Pedro 3:18