La entrega de uno mismo

La entrega de uno mismo

por Joe Crews

¡Un dato sorprendente! Houdini , cuyo nombre real era Erich Weiss y que nació el 24 de marzo de 1874, es quizás el mago y escapista más famoso de Estados Unidos. Durante una visita a un amigo psiquiatra en Nueva Escocia en 1896, Houdini vio por primera vez una camisa de fuerza. En lugar de sorprenderse, se sintió inspirado para crear un número basado en escapar de ella. Y Houdini no solo escapó de una camisa de fuerza, sino que lo hizo colgado boca abajo de los tobillos, suspendido a varios metros del suelo.

Houdini amplió entonces su número para escapar no solo de cualquier par de esposas que le ofrecieran, sino también de casi cualquier lugar que le propusieran. Houdini escapó de celdas de prisión, saltos desde puentes esposado, cajas con candado arrojadas a ríos, sacos de lona cerrados con llave e incluso de una bolsa de papel gigante, sin hacer ni un solo desgarro en ella. Posiblemente sus escapadas más memorables fueron las ilusiones escénicas que le hicieron famoso, incluyendo la «Cámara de tortura acuática», la «Escapada de la lechera» y «Enterrado vivo».

Aunque Houdini aprendió a escapar de las restricciones físicas más seguras mediante juegos de manos y mucha perseverancia, es imposible romper las ataduras del pecado sin una entrega completa de la propia vida a la voluntad de Dios.

La entrega del yo
Creo que probablemente ya se nos ha revelado a la mayoría de nosotros que el yo es el mayor enemigo al que nos enfrentamos. Una vez que hayamos zanjado la cuestión con ese viejo hombre de la carne que busca dominarnos, todas las demás victorias vendrán por sí solas.

Dios nos ha dado a cada uno de nosotros un arma personal poderosa para combatir la naturaleza del yo. La voluntad es nuestra única arma de reserva natural, y absolutamente todo depende del uso correcto de este recurso. El pecado supremo a los ojos de Dios, el factor definitivo que hará que un alma se pierda, es decir deliberadamente «no» a la voluntad de Dios. Nos convertimos en lo que elegimos ser. No somos lo que sentimos, ni lo que podamos hacer o decir en un solo momento impulsivo de nuestra vida. No siempre podemos controlar nuestras emociones, pero sí podemos controlar nuestra voluntad.

Los sentimientos no tienen nada que ver con la verdad de Dios. No son tus sentimientos, tus emociones, lo que te hace hijo de Dios, sino el cumplimiento de la voluntad de Dios. Quizás tenías dolor de cabeza o de artritis cuando te despertaste esta mañana, pero ¿cambia eso el hecho de que Dios te ama? ¿Altera la verdad de que el séptimo día es el sábado? Tanto si te sientes bien como mal, la verdad sigue siendo exactamente la misma.

Algunas personas pueden sentirse maravillosamente bien durante una cruzada evangelística o un fin de semana especial de avivamiento, pero cuando terminan las reuniones, su fe cae en picado hasta tocar fondo. Es un efecto yo-yo en el que todo está ligado a las emociones generadas por las circunstancias.

Debemos reconocer el hecho de que nuestra voluntad y la voluntad de Dios, en algún momento, deben entrar en violenta colisión. O dejamos que Él haga lo que quiera o elegimos nuestro propio camino. Y cuando eso ocurre, la mayoría de las personas no están dispuestas a admitir la verdadera causa detrás del conflicto furioso. No ven la batalla como algo vinculado principalmente a la naturaleza egoísta.

En la evangelización he escuchado cientos de «razones» para no seguir hasta el final con Cristo. Me dicen que es por trabajar en sábado, o por dudas sobre la Biblia, o por la oposición de los familiares. Pero ninguna de esas cosas es la verdadera razón. Va mucho más allá de las palabras que pronuncian. Hay un problema básico de naturaleza detrás de su falta de compromiso. Hablan de ramitas y hojas cuando el verdadero problema son las raíces. La verdad es que Dios quiere algo a lo que el yo no está dispuesto a renunciar. Aman algo más de lo que aman a Dios.

¿Te has preguntado alguna vez por qué Jesús hizo esa extraña declaración en Mateo 16:24: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame»? ¿Por qué el Maestro no terminó la frase especificando lo que había que negar? «Niéguese a sí mismo»… ¿qué? ¿Las drogas, el alcohol, el tabaco, la violación del sábado? No. Simplemente que se niegue a sí mismo, y punto. Jesús sabía que el yo estaba detrás de cada batalla furiosa contra la verdad. Una vez que se obtenga esa victoria, también se ganarán todas las demás.

Multitudes están fuera de la voluntad de Dios y fuera de la iglesia porque no están dispuestas a renunciar a algo que aman más que a Dios. Miles están en la iglesia y son perfectamente infelices porque algo en su vida ha estado luchando contra la voluntad de Dios durante años. Ser un verdadero cristiano requiere rendirse por encima de todo lo demás.

¿Es el esfuerzo la respuesta?
Ahora volvamos a la cuestión de tu pecado y el mío. Tenemos que admitir que luchamos contra un enemigo que es más fuerte que nosotros. En la debilidad de la carne nos encontramos atados en mente y cuerpo por la fuerza superior de nuestro enemigo espiritual. Luchamos con determinación para liberarnos de esa esclavitud, pero cuanto más nos esforzamos, más nos hundimos en el fango. Al final, cuando estamos totalmente agotados por el esfuerzo, se acerca un amigo bienintencionado y nos dice: «Sé cuál es el problema. Tienes que esforzarte más».

Si esa es la única respuesta que tenemos al problema del pecado, deberíamos dejar de enviar misioneros a la India. Nunca he visto a nadie esforzarse más por salvarse que los hindúes. He observado a los desdichados penitentes postrándose en el polvo ardiente, midiendo dolorosamente su recorrido, kilómetro tras kilómetro, mientras avanzan centímetro a centímetro hacia algún punto de encuentro junto a un río sagrado. Allí se sumergirán en el agua sucia, mirarán al sol abrasador y rezarán; luego repetirán el proceso una y otra vez, y otra vez.

Los empresarios millonarios regalan toda su riqueza, toman el cuenco de un mendigo y pasan el resto de sus vidas alimentándose de las sobras de la comida compartida, todo ello en un esfuerzo por ganarse la salvación. Nunca he visto a un cristiano esforzarse tanto por salvarse como lo hace un hindú. Sin embargo, nunca he conocido a un solo buscador hindú que haya encontrado seguridad o paz mental, ni siquiera entre la hermandad brahmán de la casta más alta.

¿Sabes por qué «esforzarse» no romperá la cadena del pecado? Porque las propensiones pecaminosas están profundamente arraigadas en la propia naturaleza de cada bebé que nace en este mundo. Venimos a esta vida con debilidades inherentes que nos predisponen a la desobediencia. Además, todos hemos cedido a esas propensiones. Jesús, nacido con la misma naturaleza caída, es el único que nunca cedió a esas debilidades. Vivió una vida totalmente santificada de obediencia.

No necesitamos instrucción en teología para familiarizarnos con los hechos sobre nuestra naturaleza caída. Todos hemos luchado con recuerdos de fracaso y transigencia. Hemos intentado desesperadamente borrar de nuestra mente escenas de infidelidad, pero cada uno de esos esfuerzos ha terminado en una derrota total.

Oí hablar de un hombre santo en la India que viajaba de pueblo en pueblo afirmando poseer un poder creativo especial. Como resultado de su peregrinación por el Himalaya, este sadhu afirmaba poseer el secreto para fabricar oro. Llenaba un gran caldero con agua y luego removía el contenido enérgicamente mientras recitaba sus conjuros sagrados. Pero mientras removía, también deslizaba astutamente algunas pepitas de oro en el agua sin que nadie lo detectara.

El jefe de una aldea quería comprar el secreto para fabricar oro y el hombre santo accedió a venderlo por 500 rupias. Tras explicar el proceso de agitar y las oraciones que había que repetir, el sacerdote cogió sus 500 rupias y se dispuso a marcharse. Entonces se dio la vuelta y le dio una última advertencia: «Cuando remuevas el agua y recites las oraciones, no debes pensar ni una sola vez en el mono de cara roja, ¡o el oro no aparecerá!».

Como puedes imaginar, el jefe nunca consiguió que la fórmula funcionara porque cada vez que removía el agua, allí estaba el mono de cara roja sentado en un rincón de su mente, sonriéndole.

No tenemos absolutamente ninguna capacidad natural para mantener bajo control los pensamientos y la imaginación, por la sencilla razón de que están arraigados en nuestra naturaleza pecaminosa. Solo cuando la mente ha sido regenerada a través del proceso de conversión puede el individuo subyugar los poderes inferiores y físicos y someterlos al control efectivo del Espíritu Santo. Solo así pueden santificarse los mismos designios del corazón y ponerse en armonía con Cristo. Sin la gracia transformadora del nuevo nacimiento, «la mente carnal […] no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede» (Romanos 8:7).

Durante tres años estudié el idioma en la India bajo la tutela de un sacerdote hindú que venía a mi casa todos los días en bicicleta. Esto me dio la oportunidad de hacer preguntas sobre diversos aspectos del culto hindú. Solo después de muchos meses de camaradería en el aula me sentí con la seguridad suficiente para preguntarle a mi maestro sobre un aspecto desconcertante de su religión ancestral. «¿Por qué», le pregunté, «la mayoría de los templos tenían tallas obscenas por toda la fachada de los edificios?».

Mi erudito pareció genuinamente sorprendido por la pregunta y negó rotundamente que existieran tales tallas. Entonces le invité a caminar una o dos manzanas por la calle, donde se estaba construyendo un nuevo templo. Yo había visto a los constructores colocar las obscenidades junto a la puerta de entrada principal, por lo que el maestro no podía negar que estuvieran allí. Pero una vez más fingió sorpresa y afirmó categóricamente que nunca había visto nada parecido antes. Averiguaría el motivo y me lo diría al día siguiente.

A la tarde siguiente, mientras se subía a la bicicleta para marcharse, le volví a preguntar por las tallas. «Ah, sí», dijo, «he averiguado por qué las colocan en la fachada de los templos. Verás, cuando la gente entra a adorar a los dioses no debe pensar en esas cosas malignas, así que colocamos las tallas para recordarles que no piensen en esas cosas mientras adoran en el interior».

Me reí ante su original explicación, dándome cuenta de que ninguno de nosotros necesita que le recuerden la intrusión de tales pensamientos. Sin el poder moderador de Dios, siempre están con nosotros. Lo que necesitamos es la panacea de la gracia divina para someterlos y vencerlos. La mente renovada tiene la respuesta tanto a los factores internos como a los externos que conducen a la transgresión.

Controlar el espíritu interior
¿Te has dado cuenta, sin embargo, de que siempre es más fácil lidiar con las acciones externas que con las disposiciones internas? Las personas bien disciplinadas pueden obligarse a actuar correctamente por fuera, incluso cuando los deseos internos están en guerra con la conducta externa. La Biblia enseña que este conflicto debe cesar entre cómo pensamos y cómo actuamos. Un verdadero cristiano será el mismo tanto en mente como en cuerpo.

Todos hemos visto a conductores que obedientemente reducen la velocidad a quince millas por hora en las zonas escolares. Parecen sumisos y respetuosos con la ley mientras avanzan lentamente frente al agente de tráfico uniformado. Sin embargo, esos conductores suelen estar bullendo de ira y rebelión internas por haber perdido una cita. El yo está detrás de esa batalla airada, y la voluntad obstinada simplemente no ha cedido a la idea de la obediencia. Aquí es donde radica la necesidad desesperada para aquellos que afirman pertenecer a la familia de Dios. Casi cualquiera con un mínimo de habilidad para actuar puede forzar el cumplimiento de las normas (especialmente si cree que alguien le está observando), pero casi nadie puede obligarse a sí mismo a hacerlo con amabilidad. Podemos intentarlo hasta nuestro último aliento y nunca seremos capaces de alterar la disposición no convertida a fuerza de determinación. Un cambio tan importante requiere la creación de nuevas actitudes y patrones de pensamiento.

Muchos están convencidos de que son cristianos solo porque actúan de cierta manera y se ajustan a ciertas reglas y principios bíblicos. En otras palabras, su estilo de vida y su comportamiento los identifican como ajenos a este mundo. ¿O no es así? ¿Podemos reconocer siempre a un verdadero hijo de Dios por su conducta? Quizás podamos hacerlo con el tiempo, pero los farsantes son capaces de engañarnos a la mayoría durante bastante tiempo. Con el tiempo, la naturaleza que se esconde tras las buenas obras comienza a aflorar y la farsa se ve tal y como es en realidad.

Isaías escribió: «Si estáis dispuestos y sois obedientes, comeréis lo mejor de la tierra» (Isaías 1:19). Algunas personas son obedientes sin estar dispuestas, y su fruto pronto se revela como artificial. ¿Qué nos enseña esto? Nos enseña que se pueden cometer dos errores con respecto a quienes guardan cuidadosamente la ley de Dios. Podríamos suponer erróneamente que son legalistas porque se toman muy en serio la más mínima desobediencia, o podríamos suponer erróneamente que son verdaderos cristianos solo porque muestran celo por cumplir la ley.

Juzgar las acciones externas
Nadie puede leer los motivos de otra persona. Por lo tanto, es una actitud peligrosa y crítica menospreciar la aparente preocupación que un hermano cristiano tiene por guardar los mandamientos. Si sus obras se basan, en efecto, en principios de esfuerzo propio y salvación por sus propios medios, la verdad se revelará muy pronto. Pero si tiene una relación de amor genuina con Cristo que le impulsa a ser meticuloso en la obediencia, entonces merece elogio en lugar de crítica.

Así pues, debemos concluir que es un engaño fatal depender de esforzarse más y luchar más tiempo para obtener la victoria sobre el pecado. El secreto está en confiar en lugar de esforzarse, y el tiempo solo convertirá a un pecador joven en un pecador viejo. Por último, debemos admitir que no somos tan fuertes como nuestro adversario, y a medida que renunciamos a nuestra dependencia de la fuerza y el esfuerzo humanos, Dios nos proporciona el glorioso don de la victoria.

Jesús dijo: «Sin mí no podéis hacer nada» (Juan 15:5). Esa es una verdad tremenda, pero debemos ir mucho más allá del negativismo de esta afirmación y experimentar la realidad positiva de Filipenses 4:13: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece». La diferencia entre «todo» y «nada» es Cristo.

Esto no implica que nos quedemos sentados en una ociosidad relajada mientras Dios asume toda la responsabilidad de nuestra liberación. Existe un equilibrio entre la posibilidad y la responsabilidad de vencer el pecado. Una pertenece a Dios y la otra a nosotros. La posibilidad recae en Dios y la responsabilidad recae en nosotros. Y a medida que comenzamos a actuar contra el pecado en nuestra vida, Dios nos da el poder para romper realmente con el pecado.

¿Hasta dónde podemos llegar al utilizar ese método de fe para reclamar la victoria? Juan declara que «esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe» (1 Juan 5:4). Al someterse a ese poder superior que desciende desde lo alto, el alma es capaz de llevar cautivo todo pensamiento a Cristo.

¿Hasta dónde podemos llegar en la victoria?
Al rendir nuestra voluntad a los poderes superiores que descienden desde lo alto, podemos ser liberados de la esclavitud de la carne. Todo nuestro ser queda cautivo del Espíritu de Dios, y somos capaces de pensar Sus pensamientos a su manera. Pablo declara que participamos de la naturaleza divina y tenemos la mente de Cristo. Una y otra vez, el proceso se describe como una rendición de la voluntad y un abandono de nuestro propio camino. «No ofrezcáis vuestros miembros como instrumentos de injusticia al pecado, sino ofreceos a Dios, como quienes han resucitado de entre los muertos, y vuestros miembros como instrumentos de justicia a Dios» (Romanos 6:13).

Pablo describió además el proceso de rendición como una crucifixión de la naturaleza propia. Dijo: «Estoy crucificado con Cristo»; y de nuevo: «Muero cada día». Esta constante sumisión de la voluntad no se logra mediante ninguna decisión o esfuerzo que podamos generar desde nuestro interior. El yo nunca tomará la decisión de dar muerte a sí mismo. Solo el Espíritu Santo puede crear el deseo de escapar del dominio de una naturaleza amante del pecado. Solo Él puede llevarnos al punto de estar dispuestos a renunciar a toda indulgencia de esa naturaleza corrupta y caída.

A medida que la mente y la voluntad cooperan con el Espíritu Santo, un acto de fe asesta el golpe mortal al viejo hombre del pecado. La vida se abre al dulce y triunfante llenado de un nuevo poder espiritual. Los pequeños ídolos desaparecen al ser destronados del corazón. Ya no hay secretos para Dios, ya no hay nada que ocultar ni de qué avergonzarse, ya no hay derrotismo como forma de vida. Con alegría dejamos a un lado los adornos del yo y del mundo para dar más espacio a que se revele el carácter amoroso de Cristo.

Aunque hay breves placeres superficiales en una vida de pecado, esos caprichos no se pueden comparar con el deleite de seguir a Jesús. El yo hace que el camino cristiano parezca oscuro y temible; pero cuando el yo se rinde y es crucificado, el camino estrecho se llena de una alegría indescriptible.

El enigma de los cristianos infelices
Cada vez que ves a un cristiano infeliz, estás ante alguien que no ha entregado su yo a la cruz de Cristo. Se ha permitido que esa vida interior de la carne, esa naturaleza egoísta, sobreviva, y no puede haber paz en una lealtad dividida. Aquellos que no se han sometido a ser crucificados con Cristo siguen llevando su religión como una pesada carga. Me recuerdan a las procesiones hindúes que observé, una y otra vez, en las abarrotadas calles de la India. Los sacerdotes y devotos avanzaban tambaleándose, llevando el pesado ídolo sobre sus hombros. De vez en cuando se detenían a descansar, y era un alivio evidente dejar a un lado a su dios momentáneamente para liberarse de la carga.

Isaías describió lo mismo en su época, ya que debió de haber presenciado escenas similares. Escribió: «Derraman oro de la bolsa… y lo hacen dios; se postran, sí, lo adoran. Lo llevan sobre los hombros, lo transportan y lo colocan en su lugar, y él permanece en pie; de su lugar no se moverá; sí, alguien clamará a él, pero no puede responder, ni salvarlo de su angustia» (Isaías 46:6, 7).

Con qué precisión describe esto lo que observé en la India. Su dios era tan impotente que tenían que llevarlo de un lugar a otro. Se agotaban con el esfuerzo de trasladarlo a otro lugar. Era una carga de la que se sentían aliviados al deshacerse cuando se detenían a descansar.

¿Qué clase de religión es esa que debe soportarse dolorosamente y cargarse como un peso miserable? He visto a cristianos profesos con ese mismo tipo de experiencia. Tienen una religión que parece no hacer nada por ellos, salvo cansarlos y descontentarlos.

Solo hay una explicación para este tipo de situación tan extraña. Es extremadamente anormal. Los cristianos deberían ser las personas más felices del mundo. Si no lo son, es porque no han entregado y crucificado su yo.

Volvamos ahora al texto de Isaías donde el profeta describió las procesiones de ídolos de su época. En realidad, no es Isaías quien habla, sino el Señor Dios mismo. En el versículo 7, Él dijo, refiriéndose al dios ídolo: «lo llevan». Ahora lea el versículo 4, donde Dios declaró a Israel: «Y hasta en tu vejez yo seré el mismo; y hasta en tus canas te llevaré: yo te he creado, y yo te sostendré; yo mismo te llevaré y te libraré».

¿A qué dios sirves hoy? ¿Qué tipo de religión profesas? Solo puedes servir a Dios o a ti mismo. Cuando entregas sin reservas ese yo malcriado, codicioso e indulgente para que sea dado a la muerte, puedes considerarte muerto a los pecados que ese yo promueve. Tratar de vivir una vida cristiana sin morir al yo es tan miserable como luchar por llevar a un dios pagano. De hecho, cuando el yo no ha sido entregado a la muerte de la cruz, se interpone entre tú y el Salvador, convirtiéndose en un verdadero dios. La tensión constante de intentar someter a ese dios-yo mediante el esfuerzo humano puede agotar al santo más decidido.

¿Qué ocurre entonces cuando la fe reclama la victoria sobre el mundo, la carne y el diablo? Nos liberamos de la tensión, porque Dios promete llevarnos. «Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo» (1 Corintios 15:57). «Y esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe» (1 Juan 5:4). «Yo os he creado, y yo os sostendré; yo mismo os llevaré y os salvaré» (Isaías 46:4).

No es difícil imaginar que los esfuerzos más intensos de Satanás están dirigidos a la exaltación del yo. Solo puede controlar a las personas que siguen alimentando la naturaleza carnal. Quizás algunos de los subtítulos más atractivos de su lista incluirían la justicia propia, la autosuficiencia, el egoísmo, el complacerse a uno mismo, la obstinación, la autodefensa y la autoglorificación.

Dado que es el príncipe temporal de este mundo, el diablo ha inspirado una avalancha de material que se centra en desarrollar el amor propio. Hay un sentido, por supuesto, en el que debemos reconocer nuestro valor a los ojos de Dios. Él nos consideró a cada uno de nosotros más preciosos que su propia vida. Pero ese reconocimiento objetivo es totalmente distinto del egocentrismo básico de la raza humana caída. Dios puede amarnos a pesar de nuestras debilidades genéticas y nuestros apetitos carnales consentidos, pero cuanto más nos acerquemos a Jesús, menos atraídos deberíamos sentirnos por nuestros propios caminos perversos. De hecho, al entrar en la vida convertida por medio del Espíritu Santo, la confianza que depositábamos en la carne se trasladará por completo al Salvador. Al describir la experiencia del nuevo nacimiento, Pablo la comparó con la circuncisión espiritual. «Porque nosotros somos la circuncisión, los que adoramos a Dios en espíritu, y nos gloriamos en Cristo Jesús, y no confiamos en la carne» (Filipenses 3:3).

Como ya hemos señalado, el gran apóstol equiparó esta experiencia de conversión con la crucifixión del yo. La verdad es que la naturaleza egocéntrica de todo bebé, niño y adulto consiste en salirse con la suya. Esta naturaleza debe ser crucificada, y bajo el dominio de la nueva naturaleza espiritual, los afectos se fijan en Jesús. El yo ya no es importante. La carne no tiene fuerza para controlar la vida ni para cumplir su propia voluntad. El canto del alma es ahora: «Haz tu voluntad, Señor, haz tu voluntad. Tú eres el alfarero; yo soy el barro». Que Dios nos conceda esta experiencia.

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