Solo hace falta una chispa

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Es una leyenda, pero la historia parece demasiado buena como para caer en el olvido: una vaca en el granero de la señora O’Leary derribó una linterna de una patada, y la chispa de esa llama provocó el Gran Incendio de Chicago de 1871. Murieron hasta 300 personas, más de 100 000 se quedaron sin hogar y aproximadamente 8,6 kilómetros cuadrados de la ciudad quedaron reducidos a escombros.

Fuera o no un granero en el callejón detrás de lo que entonces era la calle DeKoven, sabemos que algo provocó ese incendio en Chicago, y sabemos que una combinación de sequía, construcciones de madera, fuertes vientos y un cuerpo de bomberos muy reducido —solo 17 máquinas de vapor tiradas por caballos para toda una ciudad— contribuyó a impulsar la destrucción.

¿Cómo se relaciona ese incidente con los efectos del pecado? De la misma manera que una chispa incendió Chicago, el primer pecado —comer el «fruto prohibido» por nuestros primeros padres— resonó a lo largo de los milenios, de una generación a otra, multiplicándose aún más rápida y permanentemente que aquel incendio.

El escritor puritano Benjamin Harris, en su New England Primer de 1690, lo resumió bien: «En la caída de Adán, todos pecamos». Eso enseñó un concepto teológico básico a generaciones de jóvenes, y sigue siendo cierto hoy: debido al pecado de Adán, tenemos una propensión, una inclinación, a cometer pecado nosotros mismos. La pequeña «chispa» del pecado de Adán encendió un fuego que aún hoy consume. E incluso para los cristianos comprometidos, la práctica repetida del pecado puede desencadenar un infierno de consecuencias.

El remedio no es ir por ahí con un extintor. En cambio, debemos interiorizar la verdad. «Tened en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús» (Filipenses 2:5). Al permanecer cerca de Jesús en la oración y en la práctica, ¡podemos invocar su ayuda cuando nos sintamos tentados a jugar con fuego!

Aplícalo:

Recuerda que nuestra predisposición al pecado no es solo culpa nuestra: la heredamos de Adán. Pero recuerda también que Dios nos proporcionará «una salida» de toda tentación si le pedimos ayuda.

Profundiza:

Génesis 4:8, 23; 6:1–5, 11–13; 1 Corintios 10:13