El peligro de la vida fácil

El peligro de la vida fácil

Un dato sorprendente: Numerosos estudios están revelando una fuerte relación entre las «enfermedades de la civilización» —como la diabetes, la obesidad, el cáncer y los problemas cardiovasculares— y la llamada cultura «civilizada» de los países desarrollados, caracterizada por un estilo de vida sedentario y cómodo. Este estilo de vida «cómodo» se compone principalmente de entretenimiento adictivo, trabajos de oficina y una dieta basada en comida rápida altamente procesada y refinada.


Es la vida que todo el mundo quiere —o, más exactamente, la vida que creen que quieren—. Es una vida que incluye términos como «entregas en el mismo día», «maratones de series» y «teleadicto». Pregunta a un buscador: «¿Qué hace la vida más fácil?». Obtendrás múltiples listas que promocionan múltiples productos para comprar, todo en aras de la comodidad. Entre los imprescindibles se incluyen robots aspiradores, una herramienta de aseo personal para mascotas e incluso una máquina automática para preparar cócteles.

Notarás una tendencia. En el mundo «civilizado» de hoy, lo que hace la vida fácil es descubrir cómo hacer todo con menos esfuerzo y menos tiempo, o de lo contrario, no hacerlo en absoluto. Ahora bien, ciertamente no hay nada de malo en ser eficaz y eficiente. La gestión del tiempo es un principio saludable —por no decir piadoso—. Pero eso no es todo lo que nuestra sociedad moderna nos está llevando a hacer. ¿Qué pasa con todo ese tiempo extra que hemos ahorrado?

Según una encuesta del Departamento de Trabajo de EE. UU. de 2021, los estadounidenses dedican, de media, unas 5,27 horas diarias al ocio; la mayor parte de ese tiempo lo pasan viendo la televisión. Para poner esto en perspectiva, la misma encuesta reveló que solo se dedican una media de 3,5 horas al día al trabajo. Aún más alarmante es el caso de nuestros jóvenes, que«dedican, de media, la friolera de 7,5 horas al día frente a una pantalla para entretenerse». Aparte de dormir, el ocio es la actividad a la que los estadounidenses dedican la mayor parte de su tiempo.

Lo que quieras

Vivimos en una sociedad en la que las aplicaciones nos sirven en bandeja contenidos adaptados a las preferencias del usuario; donde las barritas de chocolate se colocan deliberadamente para una compra impulsiva; donde, miremos donde miremos, nos bombardean con el impulso de dar rienda suelta a nuestros caprichos. ¿Cuántos hemos hecho clic en un vídeo solo para preguntarnos dos horas después dónde se ha ido el tiempo? Este tipo de vida no solo se presenta como beneficiosa para ti; prácticamente te la están imponiendo. Es una vida que fomenta la gratificación instantánea y aspira a la complacencia; es una vida impulsada por un único principio: el egoísmo. Esta es la definición mundial de la vida «fácil»: una que gira en torno a ti, a tus deseos, a tu comodidad.

Pero hay un problema: fácil no es sinónimo de bueno. No todo lo que quieres es bueno para ti. Una barra de chocolate puede deslizarse por la garganta como la seda, pero toda su dulzura pegajosa no le hace ningún favor a tu salud.

Y por muy omnipresente que sea este estilo de vida «fácil», puedes estar seguro de que tu vida espiritual no es inmune a él. Quizás hayas oído algunas de estas enseñanzas populares en el cristianismo:

Una vez que eres salvo, siempre lo serás.

Eres salvo en tus pecados, no de tus pecados.

Todo el mundo va a ser salvado.

Estas son enseñanzas increíblemente tentadoras de aceptar. Según estas doctrinas, cualquiera puede vivir como le plazca y aún así recibir la recompensa de la vida eterna en el paraíso. En el fondo se encuentra el mismo principio mundano: haz lo que quieras.

Pero estas frases melosas que suenan y se sienten bien son, en realidad, mentiras. Una persona que una vez aceptó el regalo de la salvación de Cristo puede, de hecho, perderse: Si «un justo se aparta de su justicia y comete iniquidad… [y] muere en su pecado, … no se recordará la justicia que ha practicado» (Ezequiel 3:20). El ángel le dijo a María que Jesús nos salvaría de nuestros pecados (Mateo 1:21); Él «llevó nuestros pecados en su propio cuerpo sobre el madero, para que, habiendo muerto a los pecados, vivamos para la justicia» (1 Pedro 2:24). Y, lamentablemente, habrá algunos que se perderán en el juicio final: «Saldrán los que hicieron lo bueno, a la resurrección de vida, y los que hicieron lo malo, a la resurrección de condenación» (Juan 5:29); «unos a vida eterna, otros a vergüenza y desprecio eterno» (Daniel 12:2).

Estos son solo algunos de los muchos versículos bíblicos que enseñan las verdades claras sobre la salvación. Sin embargo, aquellos que supuestamente predican a partir de esa misma Palabra están diciendo a sus rebaños lo contrario. «Los que hacen esto no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a su propio vientre, y con palabras suaves y lisonjeras engañan los corazones de los sencillos» (Romanos 16:18). Los que hacen del apetito un ídolo están, en realidad, haciendo la obra de Satanás, el padre de la mentira (Juan 8:44).

Cuando lo malo se convierte en bueno

Se ha dicho: «Una mentira puede dar la vuelta al mundo mientras la verdad se está poniendo los zapatos». Vivimos en un mundo en el que la gente prefiere escuchar una mentira que se adapta a sus propios caprichos antes que la verdad, que no lo hace. La Biblia predijo que esto sucedería: «Porque vendrá tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que, llevados por sus propios deseos, y por tener comezón de oír, se rodearán de maestros; y apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas» (2 Timoteo 4:3, 4).

Así pues, vemos que la vida «fácil» conduce a una vida de autoindulgencia. ¿Y qué hay al final de ese camino? Hoy se vislumbra en el horizonte: una voz vehemente que está arrasando en el mundo. Es la voz de «los que llaman al mal bien, y al bien mal» (Isaías 5:20), de los que «dicen: “Todo el que hace el mal es bueno a los ojos del Señor, y Él se complace en ellos”» (Malaquías 2:17). ¿La has visto? ¿La has experimentado? ¿La has oído?

Es la voz que sugiere que la obediencia a Dios es legalista y tilda a quienes le siguen de intolerantes, odiosos e intolerantes, que «[les parece] extraño que no corráis con ellos en la misma corriente de disipación, y por eso os calumnian» (1 Pedro 4:4). Lo más preocupante es que esta voz suele proceder de supuestos cristianos. Estos son a quienes la Biblia llama «un pueblo rebelde, hijos mentirosos, hijos que no quieren escuchar la ley del Señor; que dicen a los videntes: “No veáis”, y a los profetas: “No nos profeticéis cosas rectas; habladnos cosas agradables, profetizad engaños”» (Isaías 30:9, 10).

Sin embargo, esto no es nada nuevo. A lo largo de la historia, las vidas de aquellos que se han rendido a la voluntad de Dios han reprendido a los amantes de la comodidad, provocando en ellos una ira asesina: el «justo Abel» (Mateo 23:35), el fiel Esteban (Hechos 7:51–58), el valiente Juan el Bautista (Marcos 6:17–19) y, sobre todo, el mismo Jesucristo (Juan 8:45–59).

¿Estamos viendo cómo la ola de persecución vuelve a crecer? «Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mateo 6:21); lo que amas, lo protegerás. ¿Cuánto ama la gente esa vida «fácil»? ¿Están dispuestos a morir por ella? ¿A matar por ella? Pablo preguntó: «¿Me he convertido, pues, en vuestro enemigo por deciros la verdad?» (Gálatas 4:16).

Predica la Palabra

Sí, es una dura realidad que «todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución» (2 Timoteo 3:12). Pero, amigo, esto no nos exime de nuestro elevado y digno llamamiento a proclamar «el evangelio eterno» (Apocalipsis 14:6). Dios dice: «Te he puesto por centinela de la casa de Israel; por tanto, oirás palabra de mi boca y les advertirás de mi parte» (Ezequiel 33:7). Se nos ordena: «Clama a voz en cuello, no te detengas; alza tu voz como una trompeta; anuncia a mi pueblo su transgresión, y a la casa de Jacob sus pecados» (Isaías 58:1).

Seamos como Micaías, ese valiente profeta de Dios en tiempos de Acab, rey de Israel. Micaías se enfrentó solo y sin miedo a una multitud de 400 falsos profetas. Despreciado por Acab «porque no profetizaba lo bueno sobre [el rey], sino lo malo» (1 Reyes 22:8), el profeta declaró sin embargo con valentía: «Vive el Señor, que lo que el Señor me diga, eso hablaré» (v. 14).

Nuestro deber es decir la verdad a partir de la Palabra de Dios, sean cuales sean las consecuencias. «¡Predica la palabra!» (2 Timoteo 4:2). Los falsos profetas de hoy han convertido la Biblia en un artilugio de consumo para ser usado según nuestra conveniencia. Pero la Palabra de Dios no complace al corazón humano engañoso (Jeremías 17:9). «La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos; penetra hasta la división del alma y el espíritu, de las articulaciones y los tuétanos, y es discernidora de los pensamientos y las intenciones del corazón» (Hebreos 4:12); está destinada a transformar. Y debe ser más preciosa para nosotros que la corrección política, que la popularidad, que nuestros derechos.

Un autor cristiano lo resumió así: «La mayor necesidad del mundo es la necesidad de hombres: hombres que no se dejen comprar ni vender, hombres que en lo más profundo de su alma sean verdaderos y honestos, hombres que no teman llamar al pecado por su nombre, hombres cuya conciencia sea tan fiel al deber como la aguja al polo, hombres que defiendan lo correcto aunque se derrumben los cielos» (Educación, p. 57).

Verdades salvadoras

Igual de importante —aunque a menudo se pase por alto— es cómo decimos la verdad. ¿Reprendemos con el objetivo de demostrar que un hermano o una hermana están equivocados, para sentirnos o parecer mejores? Si lo hacemos, entonces somos como aquellos que ansían la vida «fácil». ¡No! Se nos instruye: «Si alguien es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre» (Gálatas 6:1). Los verdaderos cristianos siempre «hablan la verdad en amor» (Efesios 4:15), representando siempre a Jesús, quien dijo: «A todos los que amo, reprendo y castigo» (Apocalipsis 3:19). El motivo lo cambia todo.

[PQ AQUÍ] El motivo de Dios es el amor. Dios te reprende porque te ama; y porque te ama, te ha salvado (Efesios 2:4, 5). Dijo el Señor a los profetas de labia suave: «Con mentiras… habéis fortalecido las manos del impío, para que no se aparte de su mal camino y salve su vida»(Ezequiel 13:22, énfasis añadido). El propósito de reprender el pecado con la verdad es salvar vidas. No es para ganar una discusión, ¡sino para ganar almas para el reino de Dios!

Nuestra conducta debe llevar esta misma impronta, teniendo siempre presente que está en juego el destino eterno de una persona. «Fieles son las heridas de un amigo, pero los besos de un enemigo son engañosos» (Proverbios 27:6).

Pero cuidado: tampoco debemos considerarnos exentos de caer en este estilo de vida de comodidad. Las mismas Escrituras se aplican a nosotros. ¿Cómo responderemos cuando se nos muestren nuestros pecados de ocio imprudente, placer prohibido y perezoso ansia de comodidad? ¿Nos arrepentiremos y nos humillaremos ante un Dios Todopoderoso, o el perseguido se convertirá en el perseguidor?

El «otro» pecado de Sodoma

Jesús predijo que las condiciones del mundo antes de su regreso serían similares a las de la época de Lot, que vivió en Sodoma (Lucas 17:28–30). Si bien la «inmoralidad sexual» era uno de los pecados evidentes de los sodomitas (Judas 7), no fue el único por el que fueron juzgados.

Ezequiel nos dice que estaban absortos en un amor egoísta por el ocio: «Mira, esta fue la iniquidad de tu hermana Sodoma: ella y sus hijas tenían orgullo, abundancia de comida y holgazanería; tampoco fortaleció la mano del pobre y del necesitado» (Ezequiel 16:49).

¿No es esto un paralelismo con Laodicea, la iglesia de los últimos días? «Tú dices: “Soy rico, me he enriquecido y no tengo necesidad de nada”, y no sabes que eres desdichado, miserable, pobre, ciego y desnudo» (Apocalipsis 3:17). Las mentiras tranquilizadoras han envuelto a un pueblo que cree estar a salvo y seguro. En realidad, se encuentran en una caída libre fatal. La vida «fácil» solo hace una cosa fácil: comprar un billete de ida a la tumba.

Dios nos advierte: «No escuchéis las palabras de los profetas que os profetizan… Hablan de una visión de su propio corazón, no de la boca del Señor. Continuamente dicen a los que me desprecian: “El Señor ha dicho: ‘Tendréis paz»»; y a todo el que anda según los dictados de su propio corazón, les dicen: «Ningún mal os sobrevendrá»» (Jeremías 23:16, 17). Cuán equivocados están, «porque cuando digan: “¡Paz y seguridad!”, entonces les sobrevendrá una destrucción repentina… Y no escaparán» (1 Tesalonicenses 5:3).

Y tampoco escaparán aquellos que creen en sus mentiras. Se acerca rápidamente un juicio final que causará la «destrucción repentina» de todos aquellos que aprecian sus trivialidades despreocupadas. Nuestro Dios misericordioso pregunta: «Los profetas profetizan falsamente, y los sacerdotes gobiernan por su propio poder; y a mi pueblo le encanta que sea así. Pero ¿qué haréis al final?» (Jeremías 5:31).

Te insto, amigo, a que des estos cuatro pasos para evitar ser atraído hacia esa vida fácil de autodestrucción:

CONOCE la Palabra: «Esfuérzate por presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que expone bien la palabra de verdad» (2 Timoteo 2:15 RV). En lugar de atiborrarte de la comida rápida de la falsedad, encuentra alimento en la sana Palabra de vida.

AMA la Palabra: «He atesorado las palabras de su boca más que mi alimento necesario» (Job 23:12). En lugar de volverte adicto a lo fantasioso y ficticio, aprende a no vivir sin la ley de Dios.

SIGA la Palabra: «Me complace hacer tu voluntad, oh Dios mío, y tu ley está en mi corazón» (Salmo 40:8). En lugar de languidecer en un aturdimiento laodicense, sirva al Señor con todo su corazón y con todas sus fuerzas.

SIRVE a tu prójimo: «Comparte tu pan con el hambriento[;] … acoge en tu casa a los pobres que han sido expulsados; cuando veas al desnudo, … cúbrelo, y [no] te escondas de tu propia carne» (Isaías 58:7). En lugar de servirte a ti mismo, comparte el amor de Dios con tu prójimo.

Al hacerlo, «entonces tu luz brotará como la mañana, tu sanación surgirá rápidamente, y tu justicia irá delante de ti; la gloria del Señor será tu retaguardia» (v. 8). Dejarás de ser el consumidor que se satisface a sí mismo, esclavizado por tus propios deseos.

La verdad bíblica puede doler ahora; puede resultar incómoda y requerir algo más que simplemente pulsar un botón, pero es la única manera en que jamás experimentarás la paz verdadera. «Mi yugo es fácil y mi carga ligera» (Mateo 11:30), declaró Cristo. ¿Le creerás en su palabra?

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