¿Unisex en Jesús?
Cogí un número reciente de la revista Newsweek para examinar su portada. El titular de la edición del 17 de julio de 1995 decía: «Bisexualidad. Ni heterosexual, ni homosexual. Surge una nueva identidad sexual». «Ya está», pensé para mis adentros. «El diablo está atacando todas las verdades fundamentales de la naturaleza y las Escrituras». Ya es bastante malo que la sociedad presente la homosexualidad como un estilo de vida alternativo, sano y normal; pero ahora el objetivo es atraer a quienes sienten una atracción natural por el sexo opuesto para que experimenten con el mismo sexo. El artículo parecía insinuar: «¡Quizá seas bisexual y nunca lo sabrás a menos que lo pruebes!», como si los bisexuales fueran una raza más noble de seres humanos porque no se limitan a un género u otro, sino que mantienen relaciones con cualquiera, independientemente del género.
Lamentablemente, si alguien se atreve a alzar la voz (¡incluso en algunas iglesias cristianas!) y decir que esto es una desviación antinatural del diseño de Dios, corre el riesgo de ser mirado con desprecio como alguien sin amor, intolerante y que no acepta a los demás. Hay una agenda no tan oculta en los medios de comunicación para normalizar la perversión sexual.
Jesús dijo que, antes de su regreso, las condiciones en el mundo en general se asemejarían a las de Sodoma. «Así como fue en los días de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, edificaban; pero el mismo día que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre, y los destruyó a todos. Así será también en el día en que se revele el Hijo del hombre». Lucas 17:28-30.
La propia supervivencia de nuestra sociedad y de nuestra iglesia depende en gran medida de la unidad familiar, donde debe quedar clara una verdad básica: que los hombres son padres y las mujeres son madres. Los hombres y las mujeres son iguales como seres humanos, pero totalmente únicos como criaturas. No solo son géneros distintos sexualmente, sino que casi todos los aspectos de su naturaleza son diferentes. Los hombres nunca deben intentar ser mujeres, y las mujeres nunca deben intentar ser hombres. Estas diferencias deben ser evidentes, mantenerse y, sí, incluso enfatizarse en todo, desde la forma en que caminamos y hablamos hasta la forma en que trabajamos y nos vestimos.
Dios nos dice cómo se siente cuando se ignoran las líneas de género. «La mujer no vestirá lo que pertenece al hombre, ni el hombre se pondrá ropa de mujer; porque cualquiera que haga esto es abominación ante el Señor tu Dios». Deuteronomio 22:5.
Cuando se difuminan los roles distintivos de hombre y mujer, los niños corren el peligro de crecer confundidos sobre si son un niño, una niña o ¡un «eso»! ¿Es de extrañar que la homosexualidad esté ahora tan extendida en sociedades que promueven el pensamiento unisex?
Ahora quiero que sepan que no soy un machista. Lavo los platos, cambio pañales y hago las camas. En la década de 1970, mi hermosa madre fue una de las líderes del movimiento de liberación de la mujer (ahora llamado movimiento feminista) en Norteamérica. Escribió un álbum completo de canciones dedicadas a los derechos de la mujer y era muy elocuente y franca. Creo firmemente, al igual que mi madre, que hombres y mujeres deben recibir el mismo salario por el mismo trabajo. Pero debo añadir que ella abandonó el movimiento porque, en sus propias palabras, «aproximadamente la mitad de las mujeres allí son lesbianas enfadadas que quieren ser hombres». Hoy en día, este mismo movimiento feminista, aunque más refinado, está imponiendo su agenda en las iglesias con un grado de éxito aterrador. Espero estas cosas del mundo, pero me preocupa cuando se infiltran en el cuerpo de Cristo disfrazadas de «mejoras».
Con el deseo de alcanzar al mundo con el mensaje de la salvación, algunos cristianos han intentado aumentar su influencia en el mundo adoptando la filosofía popular. Pero nunca debemos sustituir la Palabra de Dios por una filosofía social políticamente correcta pero bíblicamente inexacta como nuestra guía. En un intento por revertir la injusticia contra las mujeres durante las últimas épocas, hemos permitido que el movimiento feminista nos empuje más allá del derecho al voto y la igualdad salarial por trabajo igual, hacia el ámbito del pensamiento unisex, que busca borrar cualquier distinción bíblica entre hombres y mujeres, aparte de las evidentes diferencias físicas. Cuando una organización busca corregir alguna política errónea, siempre existe la tendencia a corregir en exceso. Me temo que este es el caso hoy en día, donde una necesidad válida de más ministerios para mujeres ha sido interpretada por algunos como una necesidad de que las mujeres sean ordenadas como pastoras y ancianas.
Quizás deba apresurarme a decir que creo que la culpa no recae en el movimiento feminista liberal del mundo, sino en los hombres perezosos o indiferentes de las iglesias que no están cumpliendo su papel como líderes-siervos fuertes y amorosos. Como resultado, las mujeres están ocupando naturalmente el vacío dejado por la ausencia de un liderazgo masculino fuerte. Como la mayoría de la gente sabe, la palabra «marido» significa «banda de la casa». Los hombres deben ser la cabeza de familia y unir a sus familias en el amor.
Una notable mujer cristiana y autora llamada E. G. White escribió una vez: «La mayor necesidad del mundo es la necesidad de hombres: hombres que no se dejen comprar ni vender, hombres que en lo más profundo de su alma sean verdaderos y honestos, hombres que no teman llamar al pecado por su nombre, hombres cuya conciencia sea tan fiel al deber como la aguja al polo, hombres que defiendan lo correcto aunque se derrumben los cielos». 1
Este breve artículo no pretende ser un estudio exhaustivo sobre el tema de la ordenación de las mujeres; tampoco abordará todos y cada uno de los argumentos y razonamientos relativos a la ordenación de mujeres como pastoras o ancianas. Más bien, es una sencilla presentación de «así dice el Señor», que siempre debe ser nuestra guía para determinar la verdad sobre cualquier tema.
Comencemos con la Creación. Dios creó a las criaturas según su orden de valor y complejidad. Primero, los elementos básicos de la tierra, el agua y el aire; luego, la vegetación, la luz y las divisiones del tiempo; después, las aves y los peces; luego, el ganado y las criaturas terrestres; después, el hombre y, como colofón, la mujer.
La primera mujer salió del hombre, y todos los demás seres humanos salieron de la mujer. Las mujeres son las criaturas más bellas y complejas del planeta. Suelen vivir más tiempo que los hombres y utilizan más su cerebro de forma coordinada. Sin embargo, debido al pecado, Dios tuvo que establecer un sistema de autoridad para mantener la armonía en la familia y la iglesia. En términos generales, los hombres piensan en términos de absolutos y están más orientados a las tareas. Las mujeres piensan más en términos de relaciones. Sus emociones están más influenciadas por sentimientos y ciclos internos, mientras que los hombres se ven más afectados por cambios externos y ambientales. El artículo de portada de Newsweek del 27 de marzo de 1995, titulado «Por qué piensan diferente los hombres y las mujeres», demuestra mediante nuevas tecnologías que hombres y mujeres utilizan su cerebro de formas completamente únicas. Quizás porque la verdad de Dios es un absoluto inmutable, y por otras razones, el Señor, en su sabiduría, estableció que los hombres deben ser los líderes-siervos y los sacerdotes en el hogar y en la iglesia.
Dios no creó a los hombres y a las mujeres de la misma manera. Dios hizo al hombre del polvo, y a la mujer la hizo del hombre. «Entonces el Señor Dios hizo caer un profundo sueño sobre Adán, y este se durmió; y tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar; y de la costilla que el Señor Dios había tomado del hombre, formó a la mujer, y la trajo al hombre». Génesis 2:21, 22.
Dios puso nombre al hombre, mientras que el hombre puso nombre a la mujer. «Y Adán llamó a su mujer Eva, porque ella era la madre de todos los vivientes». «Y dijo Adán: Esta es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ella será llamada Mujer, porque fue tomada del Hombre». Génesis 3:20; 2:23.
El pecado entró en nuestro mundo como resultado de que el hombre descuidara y la mujer hiciera caso omiso del papel de liderazgo del marido. «Tomó del fruto de aquel árbol y comió, y también le dio a su marido, que estaba con ella, y él comió». Génesis 3:6. «Y el hombre dijo: La mujer que tú me diste para que estuviera conmigo, ella me dio del árbol, y yo comí». Génesis 3:12.
«Los ángeles habían advertido a Eva que tuviera cuidado de no separarse de su marido mientras realizaban su labor diaria en el jardín; con él estaría menos expuesta a la tentación que si estuviera sola. Pero, absorta en su agradable tarea, se alejó inconscientemente de su lado». 2
Dios estableció que los maridos debían ser los líderes-siervos del hogar. «A la mujer le dijo: […] tu deseo será para tu marido, y él te dominará». Génesis 3:16. Ahora bien, no debemos pasar por alto este versículo. Algunos han argumentado que los pasajes relativos al papel de liderazgo del hombre reflejan los prejuicios de una cultura dominada por los hombres. Pero fíjate en que el mandato de Génesis 3:16 vino directamente de Dios, no de Pedro, Juan o Pablo. También se ha dicho: «No podemos tomarnos en serio estos pasajes de las Escrituras sobre el liderazgo masculino porque se basaban en tradiciones orientales y no se aplican hoy en día. Después de todo, en los tiempos bíblicos existían leyes sobre la esclavitud y la poligamia». Es cierto, pero Dios nunca ordenó a las personas que tuvieran esclavos o varias esposas. Más bien, como dijo Jesús, fue «por la dureza de vuestro corazón que él [Moisés] os escribió este precepto». Marcos 10:5.
Bíblicamente, un marido podía anular el voto de la mujer, pero la mujer no podía anular el juramento de su marido. «Todo voto y todo juramento vinculante que aflija el alma, su marido puede confirmarlo, o su marido puede anularlo». Números 30:13.
La Biblia deja claro que la salvación fue comprada por Jesús para todos los hijos de Adán y Eva, independientemente de su raza, género o edad. «Ya no hay judío ni griego, […] ni hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús». Gálatas 3:28.
Pero este pasaje de Pablo nunca tuvo la intención de significar, como algunos han insinuado, que una vez que cruzas las puertas de la iglesia dejas tu identidad sexual fuera. No significa que los hombres dejen de ser hombres y las mujeres dejen de ser mujeres, o que todos nos convirtamos en «unisex en Jesús». De hecho, Pablo se esfuerza mucho por decir justo lo contrario. Lee 1 Corintios 11:3-16.
El hecho de que hombres y mujeres tengan los mismos derechos a la salvación no significa que no haya sumisión al liderazgo en el hogar o en la iglesia. Jesús y el Padre son iguales, pero Jesús eligió someterse a la autoridad del Padre en este mundo. «La cabeza de todo hombre es Cristo; y la cabeza de la mujer es el hombre; y la cabeza de Cristo es Dios». 1 Corintios 11:3.
En Estados Unidos, la «igualdad de derechos» no niega la autoridad ni el liderazgo del alcalde, el gobernador o la policía. Del mismo modo, la igualdad en la salvación no niega el sistema patriarcal establecido por Dios de liderazgo masculino en el hogar y en la iglesia. «Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor, porque esto es justo». Efesios 6:1. «Si alguien no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?» 1 Timoteo 3:5.
También oigo a algunos decir que, dado que hay más mujeres que hombres en la iglesia, los roles de liderazgo deberían dividirse equitativamente según los porcentajes. Siguiendo este razonamiento, se deduciría que en una familia con tres hijos, ¡los hijos tendrían derecho a la mayor parte del liderazgo, ya que superan en número a la madre y al padre! Por el contrario, los padres no reciben su autoridad por votación popular, sino de la Palabra de Dios.
Dios nos dice que las mujeres no deben gobernar sobre los hombres. «No permito que la mujer enseñe, ni que ejerza autoridad sobre el hombre». 1 Timoteo 2:12. Las únicas ocasiones en que las mujeres gobernaron sobre el pueblo de Dios fueron cuando los hombres eran demasiado temerosos y débiles para liderar (como en el caso de Débora y Barac) o en tiempos de apostasía (Jezabel y Atalía). «En cuanto a mi pueblo, los niños son sus opresores, y las mujeres gobiernan sobre ellos. ¡Oh pueblo mío! Los que te guían te hacen errar y destruyen el camino de tus sendas». Isaías 3:12.
La Palabra de Dios equipara la autoridad del hombre sobre la mujer con la autoridad de Cristo sobre el hombre. «Pero quiero que sepáis que la cabeza de todo hombre es Cristo; y la cabeza de la mujer es el hombre; y la cabeza de Cristo es Dios». 1 Corintios 11:3.
Las esposas cristianas deben reconocer de buena gana la autoridad de sus maridos. «Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, y él es el salvador del cuerpo. Por lo tanto, así como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las esposas lo estén a sus propios maridos en todo». Efesios 5:23, 24. «Enseña a las mujeres jóvenes a ser… sensatas, castas, cuidadoras del hogar, buenas, obedientes a sus propios maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada». Tito 2:4, 5. «Así como Sara obedeció a Abraham, llamándole señor; de quien sois hijas, si hacéis el bien y no os dejáis intimidar por ningún temor». 1 Pedro 3:6.
El matrimonio no es una dictadura, sino una asociación en la que el marido desempeña el papel de socio principal. Los maridos deben ser líderes-siervos en el hogar, de la misma manera que Jesús vino a amar, servir y guiar a su iglesia. «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella». Efesios 5:25.
Es muy importante señalar que el plan de Dios para el liderazgo masculino no es en modo alguno una licencia para la tiranía. Desgraciadamente, ha habido algunos hombres enfermos que han utilizado estos pasajes claros sobre la autoridad de los maridos como excusa para el abuso. Dios no espera que una esposa permanezca en una casa con un hombre que la maltrata físicamente a ella o a los hijos. Tampoco está la esposa obligada en ningún caso a someterse a la opresión de un marido cruel. Dios juzgará a esos hombres cobardes como juzgó a Nabal (1 Samuel 25:38).
Los ancianos debían ser maridos (hombres). «El obispo, pues, debe ser irreprochable, marido de una sola mujer…». 1 Timoteo 3:2. «Si alguno es irreprochable, marido de una sola mujer…». Tito 1:6. (Nota: Los términos para obispos y ancianos eran intercambiables). Un artículo reciente de una revista señala el hecho de que la Biblia ofrece una larga lista de requisitos para un anciano ordenado. «[Pablo] no dijo que cualquier hombre pudiera ser obispo, al igual que en el Antiguo Testamento no cualquier hijo de Aarón podía ser sacerdote. El cargo siempre ha estado limitado. El líder cristiano del que hablaba Pablo debe ser “irreprochable” y casado, “vigilante, sobrio, de buen comportamiento”, etc. Hay una larga lista de requisitos que, en última instancia, elimina a casi todos los hombres y deja solo a unos pocos elegibles».3 Las mujeres no son las únicas que no son elegibles; tampoco lo son la mayoría de los hombres.
Todo cristiano está llamado a ejercer el ministerio en alguna capacidad, pero no en todas. «Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo». Efesios 4:11, 12.
Aunque el Señor ha elegido a muchas mujeres para servir como profetas a lo largo de los siglos, nunca insinuó ni una sola vez que una mujer debiera ser ordenada como pastora o sacerdotisa. Las mujeres pueden ejercer el ministerio como profetas, maestras o incluso evangelistas, pero no como sacerdotisas. Los pastores y los ancianos son el equivalente más cercano en el Nuevo Testamento a los sacerdotes del Antiguo Testamento. Dirigen la Santa Comunión, que es el equivalente en el Nuevo Testamento a ofrecer un sacrificio. Este era un papel que desempeñaba sistemáticamente un hombre. Aunque muchos sacerdotes eran profetas, ninguna mujer profeta era sacerdotisa.
En el fondo de esta cuestión hay al menos tres peligros muy sutiles:
Por último, no hay ni un solo ejemplo en las Escrituras de una mujer ordenada como sacerdotisa, apóstol, pastora o anciana. Jesús seguía Su propia Palabra al ordenar solo a hombres. Por supuesto, algunos argumentarán que Él simplemente se ajustaba a las costumbres y tradiciones populares de la época. Pero esto es una cortina de humo deshonesta de las feministas. La verdad es que, en la época de Cristo, la mayoría de las religiones paganas tenían sacerdotisas. El pueblo de Dios era la excepción.
La idea de que Jesús se limitó a seguir las tradiciones de su época es completamente opuesta a su enseñanza. Jesús dijo: «¿Por qué también vosotros transgredís el mandamiento de Dios por vuestra tradición?» Mateo 15:3. De hecho, Jesús murió porque su enseñanza iba en contra de las tradiciones populares. Jesús entregó su vida en defensa de la verdad, independientemente de las modas pasajeras o las costumbres populares. Siempre deberíamos estar dispuestos a hacer lo mismo. _______________________
- E. G. White, Educación, p. 57.
- E. G. White, Patriarcas y profetas, pp. 53, 54.
- S. Lawrence Maxwell, «One Chilling Word», Adventists Affirm, primavera de 1995, vol. 9, n.º 1, p. 41.
\n