Volando por intuición

Volando por intuición

por Doug Batchelor

Hace unos años estaba llevando a cabo una serie de reuniones evangelísticas en Anderson, California. Durante ese tiempo, John Lomacang, mi evangelista cantor; su esposa Angie; y yo fuimos invitados a ir a Crescent City para dar unas charlas como preparación para una serie de reuniones que íbamos a comenzar allí.

El problema era que Anderson y Crescent City están a 378 kilómetros de distancia, con una carretera sinuosa de dos carriles entre ambas. No podía conducir hasta allí por la mañana y volver esa misma tarde a tiempo para continuar con nuestras reuniones en Anderson.

Como soy piloto, la mejor solución parecía ser volar. Así que alquilé un avión en Redding, y a primera hora de la mañana siguiente John, Angie y yo llegamos al aeropuerto. Llamé a Crescent City para asegurarme de que el aeropuerto estuviera abierto y despejado. Lo estaba, así que despegamos.

Quizá debería explicar que John y Angie tenían un miedo terrible a volar, especialmente John. ¡Le daba miedo incluso volar en un 747, por no hablar de un avión monomotor! Sin embargo, les convencí de que no tenían nada de qué preocuparse y, con cierta reticencia, subieron al avión.

Mientras volábamos, hice todo lo posible por tranquilizarlos. Al fin y al cabo, hacía un día precioso y el vuelo iba tranquilo. Pero al acercarnos a la costa, donde se suponía que estaba Crescent City, descubrí que la niebla había llegado desde el océano y no podía ver el aeropuerto. De hecho, toda la ciudad había desaparecido bajo un manto de esponjosa blancura. Lo único que veíamos eran cientos de kilómetros de montañas. Entonces, para mi consternación, descubrí que los instrumentos de radio del aeropuerto de Crescent City no funcionaban.

Debo añadir que la zona entre Redding y Crescent City es la mayor zona de naturaleza virgen que queda en California. A lo largo de cientos de kilómetros cuadrados en cualquier dirección, no hay nada más que bosques y montañas.

Sabía que Crescent City estaba al final de un río, así que volé de un lado a otro de la costa, siguiendo la línea de niebla en busca de un río. Sin embargo, volé en círculos durante tanto tiempo tratando de decidir qué hacer que perdí la noción de dónde estaba. Finalmente encontré un río y pensé que si podía volar por debajo de ese techo de niebla, entonces encontraría Crescent City y el aeropuerto. Salir de allí no sería ningún problema. Solo tendría que volar hacia arriba y, tras unos cientos de pies de blancura, saldríamos al cielo azul.

Intenté parecer alegre y despreocupado mientras bajaba el avión por debajo de la capa de niebla y comenzaba a seguir el río, con montañas a ambos lados. Era como volar a través de un túnel.

Volamos siguiendo el río hasta llegar a donde se suponía que estaba Crescent City, pero en su lugar había un mar debajo de nosotros. ¡El río se había convertido en el océano Pacífico! Íbamos de camino a Japón. Por mucho que me hubiera gustado ver Japón, sabía que no tenía suficiente combustible y, además, ¡se suponía que tenía que hacer otra cosa esa mañana!

Me pregunté cómo estarían reaccionando John y Angie ante algunos de estos cambios de planes, así que miré hacia atrás y vi que Angie dormía plácidamente. Le comenté a John: «Me alegro de ver que tu mujer puede relajarse y dormir».

Él respondió rápidamente: «No está relajada. ¡Se ha desmayado!».

En ese momento no sabía dónde estaban las montañas. Pensé que lo mejor era volar en línea recta hacia arriba, atravesar la niebla y volver hacia la costa. No tenía habilitación de vuelo por instrumentos, pero para obtener la licencia de piloto es necesario tener cierta formación en vuelo por instrumentos.

Cuando te adentras en la niebla, pierdes toda noción de orientación, porque no hay nada visible con lo que medir tu actitud de vuelo. De hecho, he oído historias de pilotos que volaron dentro de una nube y, cuando salieron por el otro lado, ¡estaban volando completamente boca abajo! Cuando vuelas a 120 millas por hora dentro de una nube, al cuerpo le cuesta juzgar el ángulo en el que te desplazas.

Mientras volábamos a través de las nubes, pensé que íbamos en línea recta y nivelados, pero cuando miré mis instrumentos, indicaban que estábamos descendiendo y girando. Miré a John. No parecía más preocupado de lo habitual, y no parecía que estuviéramos descendiendo y girando. Confieso que me costó un poco tomar la decisión de seguir mis instrumentos en lugar de mis sensaciones. Todo mi cuerpo me decía que estábamos subiendo y volando nivelados, pero mis instrumentos indicaban que estábamos descendiendo y girando. Tuve que elegir entre seguir mis instrumentos o seguir mis sensaciones.

Una cosa que aprendí en mi formación de vuelo fue a no guiarme por mis sensaciones. «Confía en tus instrumentos», repetía el instructor una y otra vez. Así que, ignorando todo lo que sentía, empecé a girar el avión para nivelar los instrumentos. Luego tiré hacia atrás de la palanca y aumenté la potencia para que los instrumentos indicaran que estábamos subiendo y nivelándonos.

Ahora John y Angie, que se habían recuperado, me miraban preguntándose qué estaba haciendo. «¿Por qué estás subiendo en línea recta?», preguntó John. Les expliqué que tenía que seguir mis instrumentos. Y menos mal que lo hice, porque tras unos minutos más de luchar contra mis sensaciones y seguir el panel de instrumentos, atravesamos la niebla y salimos al cielo azul, y descubrí que los instrumentos tenían razón. ¡También vi una cadena de montañas escarpadas justo a la izquierda, donde había estado girando! Si no hubiera seguido mis instrumentos, sin duda nos habríamos estrellado contra una montaña o contra el océano.

Así es también en la vida cristiana. La Biblia es la única guía segura a seguir. No podemos confiar en nuestros sentimientos. Nunca es seguro tomar decisiones espirituales basadas únicamente en cómo te sientes. Los sentimientos pueden verse influidos por diversas variables: lo que has comido, tu estado de salud o cómo está el tiempo. Todas estas cosas pueden cambiar, pero la Palabra de Dios es como una roca. Es un ancla sólida que nunca se mueve ni cambia.

Nuestras decisiones deben basarse en lo que dice la Palabra, no en lo que dicen todos a nuestro alrededor. Ni siquiera las normas y tradiciones de la iglesia que se han aceptado durante muchos años son una guía fiable. La Biblia dice que hay muchas cosas que la gente tiene en gran estima, pero que son una abominación para Dios (véase Lucas 16:15). Si sigues tus sentimientos y sigues a la multitud, fracasarás. Ni siquiera es seguro seguir a una multitud religiosa. Recuerda que fue una multitud religiosa la que crucificó a Jesús.

Una pregunta que escucho con frecuencia de los nuevos cristianos es cómo saber qué interpretación de la Biblia seguir. Cada iglesia enseña algo un poco diferente.

Creo sinceramente que la mayor batalla a la que nos enfrentamos para comprender la Palabra de Dios es simplemente estar dispuestos a hacer lo que dice. Si honestamente y sinceramente queremos hacer lo que Dios dice, entonces es responsabilidad de Dios ayudarnos a saber lo que Él quiere. No solo necesitamos la voluntad de hacer la voluntad de Dios; Jesús dice que también debemos estar dispuestos a buscar, a conocer Su voluntad, a pedir, a llamar. ¡Y no debemos llamar solo una o dos veces! ¡A veces tenemos que llamar hasta que se nos entumezcan los nudillos!

La Biblia dice: «Me buscaréis y me hallaréis, cuando me busquéis de todo corazón» (Jeremías 29:13). ¡Ese es probablemente el mandamiento más importante en la vida cristiana!

Algunos podrían decir: «Pero sigo teniendo dificultades para entender la Biblia».

El secreto para escuchar y comprender la voz de Dios es estar comprometido y escuchar. Verás, cuando una persona es un cristiano renacido, cuando ha sido purificada, entonces oirá la voz de Dios. Puede que al principio no la comprenda, pero cuanto más escuche, más comprenderá.

Es como un bebé. Los padres se inclinan sobre la cuna y le hablan a su bebé y le dicen cosas como: «Mamá y papá te quieren». «¿Tienes hambre?». Al principio, el bebé no entiende lo que dicen sus padres, pero sabe que lo aman. Cuanto más escucha y más crece, más entiende. Como cristianos recién nacidos, puede que no entendamos todo lo que hay en la Palabra de Dios, pero entendemos lo básico, y cuanto más escuchamos, más entendemos.

Cuando leí la Biblia que encontré en una cueva, había muchas cosas que no entendía. Pero después de leer los Evangelios, comprendí que Dios me amaba. Comprendí que yo era un gran pecador y que Él era un gran Salvador. Y ese fue un buen punto de partida. A partir de ahí, a medida que seguí leyendo, entendí mejor Su voz y pude comprender mejor Su voluntad.

A veces nos cuesta entender lo que Dios dice porque no estamos dispuestos a escuchar Su voz. Una joven asistió a una serie de reuniones que yo dirigía en Covelo, California. Noche tras noche veía cómo se le iluminaban los ojos y se sentaba en el borde de su asiento. Parecía estar asimilando la Palabra de Dios con entusiasmo. Pero cuando ya habíamos avanzado unas tres cuartas partes de las reuniones, noté un cambio repentino. Se recostó en su asiento con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Supe que algo andaba mal.

Así que fui a visitarla. Cuando le pregunté si le estaban gustando las reuniones, me dijo: «Las primeras semanas fueron maravillosas. Podía oír al Señor hablándome. Abría la Biblia y entendía lo que Dios decía, pero luego trataste un tema que simplemente no me gustó».

Mientras hablábamos, descubrí que la Palabra de Dios iba en contra de una práctica en su vida que ella sabía que tenía que cambiar, y que no tenía intención de cambiar. Así que pisó el freno. Me dijo que ahora le parecía que no sacaba nada de las reuniones, y que cuando leía la Biblia solo veía tinta negra sobre papel blanco.

Le dije: «¿Podría ser que Dios no te esté hablando porque no le estás escuchando?».

Ser cristiano es una serie de pasos progresivos. Mientras estemos dispuestos a escuchar, Dios está dispuesto a hablar. La Biblia dice que si apartamos nuestro oído de escuchar la ley, ¡entonces incluso nuestras oraciones se convierten en una abominación! (véase Proverbios 28:9). Si dejamos de escuchar a Dios, Él dejará de hablarnos. Si hay algunas áreas de nuestra vida en las que nos tapamos los oídos y apartamos la cabeza, entonces el Señor no puede revelarnos cosas nuevas ni dirigir nuestros caminos.

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