Un año muerto

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En febrero de 2007, la policía de Hampton Bays, Nueva York, recibió una llamada para investigar una denuncia sobre una vivienda con tuberías reventadas. Al entrar en la casa, se quedaron atónitos al encontrar el cadáver parcialmente momificado de un hombre que llevaba muerto más de un año. Lo encontraron solo en la casa, sentado en una silla frente al televisor, que seguía encendido. El forense del condado de Suffolk afirmó que Vincenzo Ricardo, de 70 años, aparentemente había fallecido por causas naturales. Un asistente del depósito de cadáveres local señaló que, al parecer, el aire seco de la vivienda había contribuido a conservar sus restos.

La esposa de Ricardo había fallecido años antes y él vivía solo. Padecía diabetes y se había quedado ciego, pero seguía siendo muy independiente. Lo sorprendente es que no se había sabido nada de él desde hacía más de un año y nadie dio la voz de alarma. Al parecer, tenía las facturas configuradas para que se pagaran automáticamente. Aun así, cabría pensar que alguien se habría dado cuenta de que las luces nunca se apagaban y de que la televisión estaba siempre a todo volumen. Además, su buzón estaba a rebosar y, sin embargo, nadie parecía darse cuenta, a pesar de que era claramente visible para los demás. Los vecinos dijeron que simplemente nunca se les había ocurrido ir a ver cómo estaba. Habían dado por hecho que Ricardo estaba en un hospital o en una residencia de ancianos.

Parece que la enseñanza bíblica sobre el cuidado del prójimo se ha convertido en una moraleja olvidada. Un abogado le preguntó una vez a Jesús: «Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?» (Lucas 10:25). Cuando Jesús le preguntó qué enseñaba la ley, el hombre respondió citando el Antiguo Testamento, incluido el mandamiento de amar al prójimo. Pero luego le preguntó a Jesús: «¿Quién es mi prójimo?». En este contexto, Cristo contó la parábola del buen samaritano. En esencia, la historia señala: «Nuestro prójimo es cualquier persona a nuestro alrededor que se encuentre en necesidad».

¿Cuántas veces te ha susurrado el Espíritu Santo al corazón que «te preocupes por tu prójimo»? Quizá tengas que ver si tus vecinos se encuentran bien físicamente, pero no descuides estar atento a su bienestar espiritual. Comparte folletos con las personas que te rodean. Ofrécete a orar por las personas que sufren con las que entres en contacto. Acércate a ellas. No des por sentado que todo va bien. Puede que haya alguien muriéndose justo al lado de tu casa.