Buscadlo primero a Él

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Durante la fiebre del oro de California, la gente solía enviar su ropa hasta China para que la lavaran. Se tardaba tres meses en recibir la ropa limpia de vuelta… y aún más si los barcos se topaban con un tifón. En 1848, James Marshall encontró oro en el río American, al noreste de la actual Sacramento. Los periódicos informaron del descubrimiento, pero nadie lo creyó hasta que, dos meses después, Sam Brannan hizo alarde de una botella con polvo de oro por San Francisco.

Entonces, los habitantes de San Francisco se lanzaron hacia el interior. Aquel verano, los periódicos de Nueva York se hicieron eco del hallazgo y comenzó la fiebre del oro. Los mineros que llegaban en masa a California soñaban con riquezas incalculables, pero, en realidad, les esperaban un trabajo duro, cada vez menos oro y una dura competencia. Uno de ellos escribió: «La minería es el trabajo más duro que se pueda imaginar. … Un hombre débil más vale que se cave su propia tumba en lugar de buscar oro».

Los precios inflados de los campamentos mineros obligaban a un minero a encontrar media onza de oro al día solo para sobrevivir. De una sola batea podía salir oro por valor de mil dólares, pero pocos mineros llegaron a encontrar tanto. Unos 400 000 hombres de todo el mundo acudieron en masa a California en la década de 1850, pero la mayoría regresó a casa con menos de lo que había traído. A pesar de haber encontrado la primera pepita, Marshall murió sin un céntimo.

Los inmigrantes chinos se hicieron cargo de los yacimientos mineros que los mineros blancos habían abandonado. Lavar la ropa era tarea de las mujeres, por lo que al principio la ropa sucia se enviaba a China. Pero los inmigrantes vieron una oportunidad y las lavanderías chinas surgieron por todas partes. Los mineros de Weaverville, California, se burlaban de John por lavarles la ropa gratis. Pero un año después, el inmigrante lucía un elegante guardarropa; ¡había hecho fortuna en los bajos de los pantalones de los mineros!

Los «49ers» buscaban la riqueza material. Hoy en día, en la carrera por satisfacer nuestras necesidades y deseos, es fácil descuidar lo que realmente importa. Pero Dios promete que, cuando le pongamos a Él en primer lugar, se ocupará de nuestras necesidades… ¡y mucho más!